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julio 9 de 2007

El Paramilitarismo es Hijo del Estado
Por:ABP /Colombia.

Los paramilitares fueron creados como política de Estado. Esa política de Estado, claro está, es una herramienta de la oligarquía como clase opresora en el poder, que para el caso de Colombia responde a los intereses de Washington, en primera instancia.

Ninguno de sus actuales cabecillas visibles del narco-paramilitarismo hubiese podido montar su macabro poder sin el apoyo directo de los Organismos de Seguridad del Estado, entre los que se destacan las Fuerzas Militares y los aparatos policiales, incluyendo la policía política, DAS.

La máquina de guerra militar-paramilitar no está constituida solo para confrontar a la insurgencia sino para aplastar la lucha popular que crece frente a las injusticias que la oligarquía en el poder ha generado durante década por su codicia; por ello sus acciones de guerra sucia contra la población en general se hacen sin vacilación y con sevicia, en tanto se trata de aplastar a todo aquel que, según su criterio avieso, se rebele contra la explotación y la represión, o pudiera estar potencialmente en condiciones de hacerlo.

Así el terror que mediante el Estado ejercen la clase en el poder se imprime contra toda la población desfavorecida que es a la que por principio miran como “enemigo interno”. He ahí entonces, que la vieja Doctrina de la Seguridad Nacional, cuyo marco teórico diseñado en Washington tiene por fundamento este juicio, es la base del comportamiento criminal del Estado colombiano. Esa Doctrina renovada en maleficencia y métodos de opresión es lo que hoy se conoce como Política de Seguridad Democrática, hoja de ruta actualizada para Colombia del embeleco Washingtoniano.

La ejecución de masacres y demás crímenes de lesa humanidad cometidos por cuenta de la llamada narco-para-política, cuyas víctimas se cuentan por millares, en nuestro país, entonces, viene de tiempos más lejanos que los aciagos tiempos del uribismo. De terrible recordación son sucesos como las masacres de Mapiripán, El Aro y la Granja, el Salao, Chengue, La Ciénaga de la Vírgen…, y tantas y tantas otras de las que aún el conjunto del país no conoce pero que puede, su terrible carácter y la dimensión de la impunidad, mostrase en la cantidad de fosas comunes con muertos por decenas y hasta centenares develados en San Onofre, Mingueo y otros lugares. Todo por cuenta, insistamos, no de los paramilitares como un ente macabro autónomo que surge para hacer la “autodefensa campesina” de uno u otro lado, sin más. Es el terrorismo de Estado, con el pleno concurso de las autoridades militares el que ha generado tamaña tragedia humanitaria en Colombia. Esto se evidencia así, aún habiéndose establecido el paramilitarismo, como el instrumento al que le correspondía hacer el trabajo sucio, para que la institucional estatal guardara la apariencia de estar transitando dentro de las rutas del derecho.

En este embrollo, el ejemplo del Comandante del Batallón La Popa, si no fuera por lo tenebroso, pudiera parecer un juego de niños respecto a todo lo que han hecho siniestros personajes como Rito Alejo del Río y otros delincuentes defendidos de Uribe. Un juego de niños, frente a los crímenes patrocinados por Iván Ramírez Quintero en su época…, o por el DAS en cabeza de Jorge Noguera entre tantos.

El concurso de gamonales y politiqueros no ha sido menor. Entonces, el pacto de Ralito no es nada extraordinario, pues la identidad entre esta dirigencia putrefacta y sucia de los peores crímenes, es de vieja data y devela también el compromiso de defensa del Estado que tienen, y eso les da identidad y correspondencia para, en la peor de las circunstancias tener la común coincidencia de oponerse a la insurgencia.

No sorprendió, entonces, que la cadena de lealtades, o complicidades, se rompiera por varios eslabones, como cuando Miguel de la Espriella, otro de los compromisarios de Ralito, habló del tal documento. Y que la gran prensa lo publique responde a la necesidad que le impone el peso mismo de la inocultable realidad. Ya deben estar buscando la manera de acallar un escándalo con otro y de proseguir una espiral de acostumbramiento a hacernos parecer que dicen mucho en beneficio del país, cuando en realidad, al final, no nos dirán lo suficiente para romper con el encubrimiento a las cabezas mayores de esta macabra situación.

Vale manifestar que es ridículo que algunos medios sigan hablando de la subyugación de gran parte del Estado al terror paramilitar, pues este es hijo del Estado; es su criatura. Otra cosa es que como al doctor Frankestein, se les hubiese salido el monstruo de las manos.