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Febrero 24 de 2008

Las hienas mitradas
Por: Rodrigo Granda FARC-EP /Colaborador ABP Colombia

Somos profundamente respetuosos de todos los credos, cultos y religiones que a bien tengan nuestros compatriotas  profesar y practicar.

Creemos que todas estas expresiones, de las diversas iglesias, deben estar en  pleno plan de igualdad para realizar una sana actividad entre sus feligreses y para ello deben contar con la protección y las garantías del Estado.

 Al ser nuestro pueblo mayoritariamente perteneciente a la iglesia cristiana, apostólica y romana queremos compartir con ellos algunas reflexiones sobre el comportamiento del sector más retardatario, primitivo y cavernícola de dicha iglesia, en el entendido que siempre  hemos deseado trabajar con las comunidades eclesiales de base, y por lo menos coordinar actividades con la alta jerarquía en aspectos fundamentales para el bienestar de nuestro pueblo. Somos de los que creemos que revolución y religión pueden marchar juntas hacia la sagrada comunión humana, si parafraseando  a Whitman, expresamos que: lo que es  tuyo debe ser nuestro, púes cada átomo te pertenece tanto, como nos pertenece a nosotros

Debemos recordar que Jesús de Nazaret, enfrentó al imperio esclavista romano que por aquella época dominaba Judea apoyado por las clases ricas.

La prédica de la igualdad y el amor entre los hombres; la defensa de los pobres; la justicia social, el deslinde del reino eterno de Dios, del temporal y terrenal de los hombres; fueron razones más que suficientes para declarar insurgente al hijo del hombre, llevarlo a juicio político ante el  tribunal de raposas, juzgarlo y condenarlo a azotes, vejámenes, tortura y crucifixión.

Con el asesinato de Jesús, creyó Roma haber aniquilado un peligroso brote de descontento en la vasta superficie de su imperio. Se equivocó. Los discípulos siguieron las enseñanzas del Maestro, en las condiciones difíciles de la clandestinidad, protegidos en las catacumbas, ganando nuevos adeptos.

El Emperador decreta la persecución de los cristianos. La brutal represión va desde la decapitación, crucifixión o la utilización de los presos en el circo romano a donde eran lanzados para ser devorados por tigres y leones ante el delirio de la aristocracia romana y el fanatismo de una turba embrutecida y engañada. Muestras de infinito heroísmo, digno de imitar, nos legaron estos primeros mártires del verdadero cristianismo.

Vana ilusión resultó ser la represión. Nuevos adeptos remplazaban a los caídos y el fenómeno se reproducía en espiral incontenible.

Las contradicciones propias del imperio al extender indefinidamente sus fronteras, debilitaban su unidad.

Constantino Primero, el Grande, tuvo la previsión de olfatear en el cristianismo la posibilidad de preservar la cohesión del imperio. Ante la imposibilidad de exterminarlos, decide atraerlos, negociar con ellos. Él mismo se “convierte” al cristianismo en el año  313 d.c. y con el Edicto de Milán queda sellado el pacto entre lo divino y lo humano.

Comienza así, para el caso particular de la Religión Católica, una extraña simbiosis entre el poder celestial y el terrenal opresor, antes combatido por Jesús.

La nueva condición creada  llenó de privilegios a una cúpula ensotanada complaciente y vendida; hambrienta de dinero y poder que se alejó de sus bases y olvidó los perseguidos y mártires. Surge un clero rico que fundió sus intereses indisolublemente a los de la casta gobernante. Ambos se necesitaban y debían trabajar juntos hasta el fin de los siglos.

Con el transcurso del tiempo el papado acumula un poder impresionante, basado en la conversión de príncipes al cristianismo, agrupados en los Estados Pontificios, donde el Papa era soberano absoluto; las posesiones feudales de los dignatarios eclesiales en todos los países, desde las pequeñas parroquias rurales pasando por los arzobispados, obispados, abadías y conventos; el control de la educación; el dinero; la acumulación de metales y piedras preciosas; y, sobre todo, explotando la ignorancia y los  sentimientos de temor del hombre  a lo que vendría después de la muerte: el suplicio eterno en el infierno o el goce perpetuo  en el cielo “ a la diestra de Dios, padre todo poderoso”.

Siendo el poder para ejercerlo, los ricos al interior de la iglesia lo aprovechan para proseguir  su expansión  a todo occidente, en alianza o valiéndose de  tronos amigos. Todo método fue válido. Las Cruzadas contra Tierra Santa fueron el pretexto para la conquista de territorios en el medio oriente; la inquisición fue arma letal para llevar a la hoguera y quemar vivos a contradictores acusados de herejía; el ataque a las ciencias una de las forma de imponer el oscurantismo del largo período de la edad media  evitando el avance y desarrollo de la humanidad, puesto que las luces del saber destierran el miedo y la opresión.

Sometida  Europa, muchos curas  viajaron con los expedicionarios españoles al nuevo mundo. Conquistadores y sacerdotes la emprendieron contra las creencias y adoraciones milenarias de los nativos politeístas. Templos al Dios sol, la Diosa luna, a la madre tierra, al agua, al jaguar etc. fueron demolidos y sobre sus ruinas se construyeron las iglesias del nuevo orden impuesto a través de la violencia y el despojo. Los amos llegados del viejo mundo  debían convertir al cristianismo a aquellas criaturas no consideradas humanas porque desconocían  la existencia del único “Dios verdadero” traído por la Iglesia y la Corona a nuestro continente. De estos hombres descienden las modernas hienas mitradas colombianas.

 El Vaticano reunió a los teólogos para decidir, a su acomodo, si el indio tenía o no alma. Definido positivamente el problema se crearon los resguardos, con el fin aparente de la conversión del indio a la fe cristiana, que ocultaba, maliciosamente la explotación del mismo, a manos de los curas y señores feudales.

La espada y la cruz se turnaron en el despojo del indio. Frente a estos  atropellos Fray Bartolomé de las Casas alzó su voz para defender al débil y Pedro Claver se entregó en cuerpo y alma para mitigar las penurias de los negros esclavos, mientras el obispo del Cuzco protegió a Atahualpa. Fueron raras excepciones en ese ruinoso y mezquino  mundo de la conquista y la Colonia, donde la perfidia y la traición llevan el oprobioso  nombre del Arzobispo Caballero y Góngora manchado con la sangre de Galán y sus comuneros.

No escaparon Bolívar y los patriotas a las intrigas eclesiales. El terremoto de la semana santa de 1.812, que destruyó Caracas y otras ciudades de Venezuela, fue imputado por el clero a la furia divina desatada para castigar a quien se atrevía desafiar la autoridad del Rey. También  los curas propalaron  la especie que Bolívar y su tropa eran la encarnación del anticristo que cual jinete del Apocalipsis traía la destrucción y la muerte. Los obispos de Popayán y Bogotá excomulgaron al padre de la libertad por el delito de blandir su espada contra la tiranía y la opresión.

Llegada la república, como en la época de Constantino, el clero colombiano bate incienso sobre lo más pútrido de los nuevos gobernantes y cual camaleón en celo se inserta al proceso uniéndose a la parte más retardataria de los potentados de la tierra, los comerciantes,  prestamistas usureros y banqueros  encabezados por el santanderismo para truncar los cambios que debían producirse en la nación recién liberada. Se aliaron a la oligarquía liberal-conservadora contra el pueblo que siempre han detestado.

En  la oscura y aciaga noche de la primera violencia  (l.946-l.957), Monseñor Builes, el más destacado representante del alto clero, declaró que: “matar liberales y comunistas no es pecado mortal”, inaugurando la alianza indisoluble de la iglesia rica con el terrorismo de Estado que se prolonga hasta nuestros días. Desde los púlpitos de las iglesias se incitaba a la violencia contra los opositores al gobierno; muchos curas marcharon al frente de operaciones punitivas a matar liberales y comunistas al grito de ¡viva Cristo Rey!, ¡viva la virgen María!

Las trescientas mil almas y cuerpos despedazados a machete en aquellos años eran  hijos de Jesús; eran hijos del pueblo, no los de Satanás de la oligarquía.

Con alborozo recibió la iglesia el golpe de opinión de Rojas Pinilla, al fin y al cabo era un buen cristiano que no faltaba a misa y comulgaba todos los viernes, además les abrió las puertas de los cuarteles a los capellanes que bendecían  las armas de la dictadura.

Sin trauma pasaron al Frente Nacional. Profundo orgullo sentían de defender el mundo occidental y cristiano contra el comunismo y los ateos.

No los conmovió el Concilio Vaticano II, con su llamado a la opción por los pobres y, la teología de la liberación les fue ajena. Helder Cámara y Casaldáliga, en Brasil; Monseñor Romero, en el Salvador; el Padre Luna, en el Ecuador, nada representaban para ellos. Atrapados acariciando sus dólares, no se dieron cuenta que otra iglesia surgía a su alrededor. Los Sacerdotes Camilo Torres Restrepo, Manuel Pérez y muchos otros, en Colombia, mostraron con su ejemplo la consecuencia con la causa de Cristo.

Hoy ese sector de hienas mitradas sedientas de sangre y alimentadas con dólares, trabaja abiertamente por el proyecto fascista en nuestro país.

Recordemos que hace pocos meses uno de los jefes paramilitares detenido en Itagui, manifestó que Monseñor Cansino protegía a su amigo, el  asesino de motosierra Carlos Castaño, y que éste había sentido gran pesar cuando se enteró que el purpurado había sido acribillado, seguramente, por otra fracción de los mismos bandidos; agregando que  Castaño comentó, que con Monseñor Cansino, desaparecía  una de las grandes cabezas del exclusivo y ultra secreto grupo de las ocho personas que fundaron el paramilitarismo en Colombia.

Los descendientes de la iglesia española del Santo Oficio, de Builes y compañeros de  Cansino, Monseñores Pedro Rubiano, Fabián Marulanda y  Julio César Vidal Perdomo, asemejan Torquemadas modernos  recién salidos  del potro de la inquisición en búsqueda de nuevas victimas para refundar, con sus métodos, la república de la mano de sus amiguitos de Ralito y capitaneada por Uribe y su perversa corte.

Esto explica por qué todos estos señores que nunca condenaron en los púlpitos las masacres paramilitares, se oponen al Canje Humanitario, pregonan la guerra, estimulan el rescate de prisioneros a sangre y fuego, participan en las marchas contra las FARC-EP y sabotean los diálogos de paz.

Afortunadamente dentro de clero colombiano y entre los cristianos de base, existen Arzobispos, Obispos, sacerdotes y monjas, hombres y mujeres de todas las edades que aman a sus semejantes, igual que Jesús, y que seguramente entienden que estas hienas de anillo dorado y crucifijo en pecho, son los nuevos Judas Iscariotes, que rompiendo las tablas sagradas de la Ley de Dios, se convirtieron en azote de Colombia