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Febrero 26 de 2008

La división es la que nos está matando
Por: Iván Márquez/ Integrante del Secretariado de las FARC-EP
Montañas de Colombia, noviembre de 2005

"Se me olvidó decir a usted que hemos pensado fundir juntos dos o tres mitades de los departamentos de Boyacá, Zulia y Barinas, para que no haya más frontera de Venezuela ni de Nueva Granada, porque esta división es la que nos está matando y, por lo mismo, debemos destruírla”. Simón Bolívar a Páez.

Tenía razón el Libertador. Y la sigue teniendo. “Esta división es la que nos está matando y, por lo mismo, debemos destruirla”. Por ella seguimos arrastrando cadenas coloniales de siglos. Cadenas realistas. Cadenas washingtonianas.

Linderos, fronteras, alambradas y todas las líneas divisorias, tendieron los imperios sobre nuestro ser desde el Bravo hasta el Cabo de Hornos. Parcelaron el territorio y el alma colectiva del Nuevo Mundo para debilitarlo e imponer así sus ambiciones de expolio y predominio.

Más que las armas de Washington, más que sus bombarderos, misiles y portaviones nucleares, lo que nos mata es la división.

De no haber sido por “malinches” como Santander, Páez, y Torre Tagle…, y por las oligarquías vendepatrias, herederas de su arrodillamiento al nuevo amo, seríamos hoy equilibrio y esperanza del universo.

La dispersión de pueblos hermanados por la naturaleza y el cielo no puede prolongarse indefinidamente en el tiempo. Latinoamérica y el Caribe, Nuestra América, la que habla castellano, indio, y lleva a África en sus venas, no puede esperar otros 300 años para abrazarse con su destino de Patria Grande, de potencia expansionista de libertad, igualdad, justicia social y paz.

Como el relámpago del Catatumbo que no se apaga, la voz de Bolívar sacude la conciencia y el letargo: “A nombre de Colombia os pido que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión”.

Los señores Túdor y Anderson, entonces plenipotenciarios gringos en Lima y Bogotá, como avezados espías y saboteadores ya habían sembrado la cizaña. Manejaban los hilos de la desestabilización de las nuevas repúblicas y conspiraban contra la integración. A Bolívar lo llamaban el “loco de Colombia”, el “zambo”. Basta volver la mirada al horizonte pretérito para constatar que los Estados Unidos nunca nos han querido ni nos querrán libres ni unidos. Las 13 ex colonias sí podían unirse para buscar el futuro, las del sur no.

Cuando observaron en lontananza el esplendor del alzamiento de Tupac Amaru en el Perú y de los comuneros en la Nueva Granada, un desconcertado Thomas Jefferson convocaba a atajar por todos los medios la revolución de las colonias españolas hasta que los Estados Unidos pudieran beneficiarse con ella y no Inglaterra. “La mayor ventaja de ese negocio será para Inglaterra”, propagaba un angustiado míster J. Adams. Gente así cómo no iba aprobar, como lo hicieron en 1817, esa infame ley que castigaba con 10 años de cárcel y 10.000 dólares de multa al ciudadano estadounidense que vendiera armas a las guerrillas bolivarianas del sur, al tiempo que permitía la venta de fusiles de chispa y de pertrechos a los realistas opresores. Y España los recompensó entonces cediéndoles el territorio de la Florida como pago a la perfidia de su moral de cálculo aritmético.

Podemos decir con el guerrero de Caracas que “jamás política ha sido más infame que la de los norteamericanos hacia nosotros”.

Y en esto llevamos180 años. Invasiones, anexiones, saqueo, derrocamiento de gobiernos, intervenciones militares, asesinato de líderes regionales, bloqueos económicos, comercio de productos naturales por productos industriales, intercambio desigual, imposición de tratados que hieren la soberanía y la dignidad, ganancias para el norte, miseria para el sur. Y los Iscariotes de la oligarquía ahí…, recibiendo las viles monedas. Gobiernillos de colonia, herencia maldita de Santander.

Poderosos signos presagian la alborada de los pueblos. El ciclo vital del imperio que nos subyuga se está apagando. El capitalismo, su economía de mercado, no pudo satisfacer las necesidades de los habitantes del planeta: 3 mil millones de personas viven en la pobreza, 40 millones mueren de hambre al año y 820 millones no tienen empleo.

Nuevas dinámicas detonan esperanzas. La resistencia y el decoro se acrecientan. El ALBA se erige como alternativa del sur al ALCA de Wall Street. Y ha empezado a flamear en el cielo de Nuestra América la bandera del socialismo del siglo XXI, que es el mismo proyecto de Bolívar pugnando por encarnarse en el anhelo de los pueblos.

El Libertador ya está aquí con sus botas de campaña, impaciente por entrarle a la batalla. Sólo hace falta reconocernos en él, en la potencia de su pensamiento y de su espada. Cuando decimos Bolívar somos todos, estamos diciendo unidad, fuerza huracanada, irresistible, victoria de los de abajo sobre los imperios.

Tenemos que juntar todas las luchas, los liderazgos político-sociales, coordinar los esfuerzos de pueblos y gobiernos revolucionarios, definir las líneas estratégicas de la nueva Campaña, conformar el Estado Mayor Bolivariano de los pueblos hermanos, para que conduzca la batalla por la definitiva independencia y el nuevo orden del futuro.

Las explosiones independentistas de 1810 se sucedieron casi al mismo tiempo en Caracas, Buenos Aires, Santafé, Quito, Santiago y Dolores (México). La simultaneidad pues, es característica y principio de la lucha de Nuestra América y, es igualmente, prueba incontrovertible de nuestra identidad de sueños e ideales y de búsqueda de la libertad.

En Cartagena empezó la concreción de Colombia como categoría que expresa unidad de pueblos y repúblicas hermanas. El Manifiesto del derrotado de Puerto Cabello en la Ciudad Heroica, en 1812, desencadenó la solidaridad y retiró el velo de la conciencia que no dejaba vernos como hermanos. Fue así como se prendió la chispa de la revolución que demolería las fronteras coloniales.

Bolívar comenzó uniendo voluntades políticas; integrando la fuerza. Preparó y entrenó política y militarmente a su pueblo: “Vamos a aprender juntos el arte de la guerra y de vencer” arengó a la población y a sus soldados luego de expulsar a las fuerzas realistas del puerto de Mompox, sobre el río Magdalena. Y luego, desde Ocaña, prosiguió diseminando semillas de integración: “Nuestra patria es la América”, proclamó desde lo profundo de su alma. Y desde Cúcuta, con un ejército de tropas combinadas, internacionalista, de hermanos granadinos y venezolanos, emprendió la campaña relámpago, de movilidad extraordinaria y de sorpresa, con la que entró triunfante por primera vez a Caracas en 1813. En toda circunstancia Bolívar fue el guerrero de la unidad, un quijote arremetiendo contra lo imposible dispuesto a copar el objetivo.
 
Él trazó nuestro derrotero en 1818 en Angostura: “La reunión de la Nueva Granada y Venezuela es el objeto único que me he propuesto desde mis primeras armas: es el voto de los ciudadanos de ambos países, y es la garantía de la libertad de la América del sur”.  “Granadinos: Venezuela conmigo marcha a libertaros, como vosotros conmigo en años pasados libertasteis a Venezuela”. Y los triunfos de Boyacá y de Carabobo lo fueron también del sueño de la Colombia de Miranda y de los próceres de la unidad continental.

Unirnos y liberarnos al interior de cada país. Refundar la Gran Colombia como punto de partida. Fundir ésta con Perú y Bolivia en una Unión de Repúblicas Bolivarianas para que su territorio de libertad sea espacio y cuartel general donde los mejores hijos de Nuestra América comanden y orienten la ofensiva por la nueva independencia y la Patria Grande.

El prolongado eclipse de nuestras naciones empieza a ser disipado por los primeros rayos del socialismo del siglo XXI. El mundo es movimiento hacia la hermandad, la democracia verdadera, el fin del egoísmo del capitalismo, del libre mercado. La marcha hacia la justicia social, el progreso y la dignidad de los pueblos no tiene reversa. Será el fruto de la unidad de millones de voluntades.

Es una grandiosa idea pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo

A demoler fronteras coloniales. A integrar un bloque de poder, de libertad y garantías sociales, que globalice la felicidad de los pueblos. Seremos el equilibrio del universo como lo soñara el Libertador Simón Bolívar.