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  Diciembre 5 de 2007

Notas para un debate actual sobre la izquierda en América Latina
Por: Mariano J. Barreda/Especial para la ABP

Hoy día es recurrente en medios de prensa, espacios académicos, universidades e incluso en la palabra de personajes que representan la vocería de partidos o gobiernos de América Latina, Estados Unidos e incluso Europa, escuchar que “la América Latina está viviendo un giro político hacia la izquierda”.

Tal vez pueda uno coincidir con este punto de vista en parte o en todo, o tal vez con alguna de las interpretaciones que se especulan en torno a ella. Me tomo la libertad de no aceptar lo anterior como una verdad elemental. Pienso que es más útil reflexionar críticamente en cuanto de incierto hay en dicha presunción.

Desde el 2002, sectores de la política norteamericana y de sus centros de pensamiento manejaban la idea de que se estaba constituyendo un eje ‘Brasilia-Caracas-La Habana’, y que inevitablemente esto cuestionaba la hegemonía de Washington en la región. En fechas más recientes, funcionarios del Departamento de Estado muestran la rara ‘coincidencia’ de haber realizado casi simultáneamente junto a Teodoro Petkoff (dinosaurio de esa arcaica IV República venezolana defenestrada), la clasificación de la izquierda latinoamericana en ‘democrática’ y ‘moderna’(tomando como ejemplo al gobierno Lula en Brasil, al gobierno de Tabaré y el Frente Amplio en Uruguay, al proyecto kirchnerista en Argentina, y a la continuidad de la Concertación Democrática en Chile) y populista-radical (Venezuela, así como los ascensos al gobierno del FSLN en Nicaragua, del MAS en Bolivia; y los movimientos sociales como el MST en Brasil y los sectores combativos de los piqueteros en la Argentina).

Cabe preguntarse que representa para ellos ser democrático o ‘reformista avanzado’: un sentido pragmático sobre la política, donde la profundización de la democracia (entendida en términos liberales) va acompañada de la búsqueda de la equidad social.

Pero para no caer en críticas hirientes que puedan lesionar a los aludidos hay que hacer aclaraciones previas. Nunca la izquierda fue monolítica, sino que fue muy plural en su interior, y aún continúa siendo así. A ello contribuyen los movimientos sociales que han cuestionado en algunos lugares el liderazgo de los partidos tradicionales, pero que ciertamente están inmersos en la construcción de los proyectos políticos que deben ser la alternativa.

La izquierda, en términos generales sigue siendo pues, la gran apuesta por el cambio hacia una sociedad mejor, heredada de la Revolución Francesa y de su jacobinismo, pero presente desde hace mucho en la historia de la humanidad: igualdad, libertad, fraternidad. Pero los medios y fines para llegar a ello nos conduce a pensar que no hay una sino muchas opciones. Quizás el único requisito exigible de antemano sería la ética; la ética presente en el discurso y en la práctica política de la izquierda, han de marcar su distanciamiento de la derecha; la ética, asentada en principios, no voluble como veleta ante los cambios de coyuntura, habrá de servirnos para fijar alianzas políticas, para hacer causas comunes con otros proyectos de cambio social, o habrá de separarnos respetuosamente de aquellos que sean nuestros adversarios.

Tornando pues a nuestro continente, hay que avizorar que los centros de poder del capitalismo mundial debieron preocuparse, alertados ante la situación de inestabilidad política regional, provocada por el deterioro de los indicadores sociales y que desembocó en incontables estallidos de rebeldía popular.

Y creo que algunos de ellos, seducidos por los resultados que siempre deparan los métodos sutiles, menos convencionales pero más efectivos para hacer política, debieron buscar como seguir dominando sin utilizar tanto la fuerza. Y no encontraron mejor forma que la de ‘facilitar’ el ascenso de fuerzas de izquierda, las siempre opositoras de antaño, a las cuales iban a maniatar de antemano con temas como el pago de la deuda externa. Así de paso legitimaban los sistemas políticos y obligaban a la izquierda a pasar a la defensiva: podrían hacer programas sociales, pero con más continuidades que ruptura respecto a los gobiernos anteriores de derecha. Por ello no es de extrañar que en una entrevista realizada en el presente año, el economista jefe para América Latina del Banco Mundial, Guillermo Perry, haya aducido que lo único que puede eliminar el malestar popular en la región es el crecimiento económico, una política fiscal rigurosa y una política social vigorosa, para lo cual se necesita en la región de una socialdemocracia moderna que demuestre que la izquierda es ‘económicamente responsable’. Quedaban los gobiernos de izquierda doblemente emplazados: o demostraban ser ‘maduros’ aceptando los presupuestos sobre los cuales se ha basado el ejercicio del poder ‘democrático’ dentro de una perspectiva capitalista, lo que obviamente produciría disensos y divisiones en su interior; o asumían posturas radicales que traerían consigo su satanización, y la ruptura de las alianzas políticas que les colocaron en el gobierno.

 

Para la izquierda latinoamericana, quizás el mejor síntoma de si anda o no por buenos pasos se encuentra en la inconformidad de nuestros propios compañeros. La crítica a los que desde el gobierno aún siguen siendo compañeros no está en cerrarles las puertas, en desmoralizarles frente al Imperio. Pero tampoco se puede esperar para hacerla a destiempo, cuando la partida este perdida. Sabedores de que nuestra izquierda es tan plural, tan heterogénea, aceptemos como principio de su identidad el respeto de dicha pluralidad. Pero también aceptemos como principio la honestidad, la sinceridad de discrepar en cuanto a los métodos y las formas de hacer política. Y por sobre todo, tengamos ética en nuestra cotidianidad y en nuestra vida política, no por castos e impolutos, sino por la necesidad de ser consecuentes con aquello que decimos ser y con nuestra finalidad de cambiar el estado actual de cosas. Entonces quizá podamos decir, sin apellidos mediante, a secas: soy de izquierda.