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Julio 22 de 2007

Del libro de Juvenal Herrera Torres El Hombre de América hemos tomado el siguiente extracto que recoge el problema ideológico que subyace a la historia y esta como herramienta para la liberación de los pueblos. Invitamos a los lectores de la ABP a enviarnos sus ensayos o de sus organizaciones para su publicación, análisis y debate.

El Gran debate de la Historia
Por Juvenal Herrera Torres

Hablando en términos universales no ha sido fácil, ciertamente, el paso de la superstición y la barbarie hacia la ciencia y el arte. Y mucho más cruento y difícil el tránsito hacia la civilización. Muy duras y prolongadas han sido las luchas de los pueblos por liberarse de la opresión y fundar una sociedad reglada por normas Jurídico-políticas de convivencia humana, de solidaridad social, de libertad y de progreso. La historia enseña que cuando los hombres de talento desenmascaran las supercherías y atrocidades de que se valen los regímenes opresores de todos los tiempos, éstos erigen el terrorismo represivo, el patíbulo, la cárcel y el destierro contra los Libertadores de la materialidad y espiritualidad humanas. Al fin de cuentas todo sistema opresor se apoya en la alienación del pueblo y en la mutilación de sus libertades y necesidades.
El imperialismo internacional, acaudillado por los Ibidem y extendido por las oligarquías que agencian en países como el nuestro los intereses de los monopolios, necesita negar el ser histórico, cultural y político de nuestros pueblos, borrarles su memoria colectiva, distorsionar la significancia de sus líderes y valores más genuinos y bloquear su reencuentro con el proceso de su ser social, de sus luchas, realizaciones y proyectos revolucionarios y progresistas más auténticos.
Para ello acude al ocultamiento y tergiversación de la historia. Si, para citar un ejemplo, se habla de historia de la ciencia, el discurso se reduce a una simple enumeración de los grandes inventos, omitiendo las causas no sólo científicas sino sociales y económicas que posibilitaron tales invenciones e hicieron viable la difusión real de las mismas, provocando así que la historia que se haga sea ya una historia muerta 1
Tal puede decirse de otras historias (de lo jurídico, de lo político, del arte, la religión, las personalidades, etcétera.), en que, además, la historia es descuartizada en múltiples apartados inconexos, pretendiéndose imponer un supuesto “apoliticismo” que en nombre de la “imparcialidad” fina una sumisión acrítica frente a un escueto relato de fechas, anécdotas y situaciones aisladas que se ofrecen como la “verdad histórica”, renunciando en tales casos a la interpretación objetiva y dialéctica de la historia ya la elaboración de propuestas constructivas.
Esa coacción ideológica se entiende. Las autoridades que temen ser enjuiciadas por la historia necesitan presionar al historiador, para que simplemente diga lo que el régimen necesita para justificarse ideológicamente. Ello supone, por otra parte, que el historiador omita lo relacionado con la formación sociopolítica del objeto historiado, renunciando al análisis crítico de los hechos y fuentes que expone en sus escritos.
Se trata así de sustentar al historiógrafo oficial que coincide con lo que el régimen requiere para sostenerse y reproducirse, del mismo modo que coinciden Spengler y el nazismo alemán, Toynbee y los monopolios norteamericanos, Arciniegas y la oligarquía liberal-conservadora de Colombia.
Desde luego, para lograr esa coincidencia el historiador debe perder de vista la relación orgánica que liga lo pasado con el presente y separar la teoría de la historia de su práctica viva, y así poder ofrecer una “historia” que carezca de utilidad política y social, esto es, una historia que no sirve para nada, pero, eso sí, una historia sacralizada que es lo mismo que decir una historia muerta.
Y una historia sin utilidad política y social, una historia muerta, es precisamente lo que sirve de coartada a los opresores, puesto que les permite borrar sus huellas y ocultar el origen de su despotismo derivado de la explotación, el saqueo, el exterminio y desarraigo de pueblos y comunidades, el crimen y el holocausto de enormes contingentes de trabajadores y desposeídos.
De este modo el historiador oficial asume una actitud pusilánime en lo que respecta al conocimiento de la historia y adopta el espíritu recalcitrante de la clase dueña del poder económico, político y militar del sistema. Con razón ha dicho Fontana que “El historiador moderno es el gran triunfo intelectual de la burguesía que ha tenido en él a su funcionario más fiel, barato y eficiente”2.
Aunque hay diversas formas de enfocar la historia, todas ellas están contenidas en dos concepciones fundamentales que son el idealismo metafísico y el materialismo dialéctico.
La primera concepción supone un “creador sobrenatural”, a cuya “voluntad” están sometidos todos los aspectos y fenómenos de la evolución de la naturaleza y de la sociedad. Plantea la presunta “tesis” de la “predestinación”, ante la cual el hombre no es más que un objeto sin opción alguna de vivir por sí y para sí.
Es propio de esta concepción ese humor supersticioso y fatalista del hombre que se considera a sí mismo incapaz de alterar aquello que presume “voluntad de Dios”. Aceptando, así mismo, que el ejecutor de la “Predestinación” es el individuo revelado como ser mesiánico (santo, mártir o héroe), y en el sentido mítico, mágico y racista, el pueblo elegido o la raza superior. Según esa concepción los pueblos no hacen la historia, la padecen.
Supone, por otra parte, que la historia se desenvuelve en un curso lineal, o la considera como un hecho estático, inmutable, regido por la casualidad, es decir, por leyes incognoscibles que no son susceptibles de ser comprendidas y mucho menos apropiadas y transformadas por el hombre. Es, pues, una concepción fetichista. Por lo demás, la historia concebida así pasa a ser narrada en el lenguaje del opresor, del amo colonialista, convirtiéndose en un instrumento de opresión cultural.
De esta forma la historia de América Latina, África y Asia es minimizada o negada. Los manuales de “Historia Universal” que se usan como textos de enseñanza en los países de estos continentes, no son otra cosa que la historia de Europa y sus ramificaciones en la “Periferia del mundo”. Lo europeo –y por extensión- lo norteamericano- como prototipo de lo que representan conceptos como historia, civilización y cultura, es lo único que cuenta. Lo demás (América Latina, Asia y África) es apenas el sótano del mundo: el salvajismo.
El materialismo histórico, en cambio, parte de la materialidad objetiva de todas. Las cosas en un proceso de transformación ininterrumpido y múltiple: enfoca al mundo en su perpetuo movimiento regido por leyes que pueden y deben ser investigadas, conocidas, apropiadas y transformadas en provecho del hombre. En otras palabras, pone de manifiesto a los pueblos como los auténticos creadores de la historia los desaliena, los instruye, los identifica, los orienta y los impulsa a crear, tanto en el plano individual como en el colectivo.
En suma, el materialismo dialéctico aporta la teoría de la historia, como instrumento científico que estudia las formas y contenidos de la organización social de los pueblos en el proceso de su vida, explicándoles razonadamente su relación con el universo.
Conduce, igualmente a la asimilación crítica y constructiva de los aspectos y fenómenos de la historia, como obra del desarrollo de la humanidad en su marcha constante, ascensional, multidireccional e irrepetible, y ubica al hombre como efecto y causa de la naturaleza y la sociedad.
No lo “justifica”, lo educa, lo hace consciente, lo despierta a la vida. Esto es, posibilita su identidad histórica, cultural y política y lo ayuda a impulsar conscientemente el proceso de cambio cualitativo, constituyéndose en una poderosa herramienta en la fijación de nuevas metas de convivencia, bienestar y progreso. El pueblo que conoce su historia puede elaborar su carta de navegación hacia un futuro digno.

Claro está que el conocimiento cabal de la historia no resuelve nada por si solo. Para que pueda resolver grandes problemas y desatar poderosas fuerzas transformadoras se precisa que el pueblo tenga acceso a su conocimiento. Esta es una enseñanza bolivariana que no podemos olvidar: si la ignorancia oprime, el conocimiento libera. Esta es una verdad que nunca debe olvidarse.

 

1 Prieto Arciniega: "La historia como arma de la reacción". Madrid, España, 1976. Pp. 20-21.

2 Fontana, J.: "La Historia". Barcelona, España, 1973, P. 27.