Noviembre 4 de 2007
Irak, Irán y la crisis del Imperio
Por: Ernesto Escobar Soto Cubarte/Cuba
La guerra contra Irán sería un acto demencial, pero también el resultado consecuente de una política oficial y de un conjunto de problemas que responden a la situación de crisis que padece el Imperio.
La tozuda realidad actual corroe los sueños hegemónicos del Imperio. El país más poderoso tiene la economía gravemente enferma, su sistema político flaquea, la corrupción se generaliza a todos los niveles y su ocaso como única super potencia es solo cuestión de tiempo.
Son muchas y en diferentes esferas las crisis acumuladas, ya no es como en el “crac del 29” una simple crisis de sobreproducción, unida a la explosión de una burbuja bursátil y un endeble sistema de crédito. Los problemas ahora son mucho más graves.
El sistema capitalista en su conjunto nunca ha tenido una suma de crisis semejante. A las severas dificultades que sufre el más importante país capitalista, se le unen a nivel mundial, el inicio de una irreversible crisis de energía por la creciente escasez de petróleo (base omnímoda del modo de vida occidental). La cifra de producción mundial de petróleo ha llegado al tope y de ahora en adelante irá cuesta abajo, mientras el consumo crecerá un 2% anualmente. La ya indetenible crisis alimentaria debido por un lado al cambio climático que ocasionará cada vez más agudas sequías e inundaciones, el crecimiento de la población mundial y del poder adquisitivo de China, India y otros países y la conversión de los cereales en combustibles, son factores que elevarán los precios en el mercado mundial. Fidel Castro, en una de sus reflexiones predijo para un futuro la muerte por hambre de millones de personas.
La crisis medio ambiental que pone en peligro la vida de la especie humana. Pronto la falta de agua someterá a la población mundial a tensiones inaguantables que se expresarán en nuevos conflictos. Entre otros se agudizan el calentamiento global, el descongelamiento del polo norte y de los glaciares, el crecimiento del mar, la tala de los bosques, el aumento de la desertificación y de las sequías, de la fuerza de las tormentas.
Debemos tener en cuenta la profunda crisis de credibilidad de las instituciones políticas del capitalismo. Los pueblos desconfían cada vez más de sus políticos, de sus partidos, de sus congresos y tribunales y de manera especial de su autotitulada prensa libre. El llamado cuarto poder no es más que un elemento esencial del sistema.
No pocos observadores señalan que estamos al borde de una verdadera hecatombe de carácter económico, social, político y medio ambiental a nivel planetario que desembocaría en mayores reclamos y luchas por parte de los humildes. Crear conciencia de esto para ganar la batalla en el campo de las ideas como señalara Fidel Castro es la más importante de las tareas.
Como resultado de estos fenómenos comienza a apreciarse el declive del poderío de los Estados Unidos. La élite de poder que Bush representa, llegó al poder con el claro propósito de detener la caída del Imperio. El gobierno estadounidense con el apoyo de los neoconservadores aprovechó (o permitió u organizó) los atentados del 11 de septiembre para levantar las banderas de la lucha contra el terrorismo y la del miedo y así poder adoptar una política de limitación de libertades democráticas en el seno de su pueblo y agresiva para con el resto del mundo. De inmediato atacó a Afganistán y a Irak y amenazó a aquellos países que no se sometieran a su voluntad.
Su propósito al invadir a Irak fue el adueñarse de su petróleo, afianzar su hegemonía geopolítica e iniciar el cerco estratégico contra Rusia y China. Pero de nuevo la terca realidad los sacó de sus ilusiones.
El sueño de los neoconservadores de señorear sobre el mundo, basado en la subestimación y el desprecio hacia los pueblos para ellos inferiores, se ha tornado en una pesadilla. Irak es un verdadero desastre. De nada han valido las armas más sofisticadas, cientos de miles de millones de dólares, decenas de miles de soldados, la tortura y el secuestro. No se quieren ir, pero no pueden ganar la guerra y el pueblo irakí (como lo hicieran antes los vietnamitas), los expulsarán ignominiosamente.
La estrategia de la Administración norteamericana de aumentar el número de sus soldados, arremeter contra las áreas consideradas insurgentes, aumentar la represión, la tortura y evadir en lo posible las acciones contra sus tropas utilizando a los cipayos irakíes y mercenarios extranjeros, tal vez pueda, a corto plazo, disminuir las bajas de sus efectivos. Esto solo aplazaría la agonía y no solucionaría de ninguna manera la compleja problemática de cómo relevar las fuerzas que están en Irak y cumplen sus plazos de movilización, ni los inmensos gastos en que incurren para sostener esta guerra y de cómo organizar un país sumido en el caos, con la economía en bancarrota, que carece de agua, electricidad y de los servicios más imprescindibles.
Quizás no se comprenda en toda su magnitud que los irakíes con su sacrificio han salvado al mundo del dominio del Imperio. ¿Que hubiera pasado si la resistencia irakí no hubiera sumido en un pantano al ejército de los Estados Unidos? ¿Cuántos otros oscuros rincones estarían sometidos a las agresiones del Imperio?
El desprestigio del gobierno norteamericano es universal. El presidente Bush ha perdido todo apoyo popular, encuestas recientes le otorgan solo un 25% de aprobación. Los miembros de su equipo lo abandonan El sustento político e ideológico de su batalla contra el terrorismo está sumido en el descrédito universal. Paradójicamente el mayor enemigo del sistema capitalista y de la ilusión de un gobierno de los Estados Unidos magnánimo, que vela por la felicidad de la humanidad, ha sido el propio Bush. Nadie ha sido tan torpe como él para quitarse sin pudor y tacto la careta y enseñar las tendencias fascistas de las élites de poder norteamericanas. Las contradicciones que hemos señalado antes se han agudizado mucho más. La ultraderecha norteamericana está desesperada y es por eso más peligrosa que nunca antes.
¿Que puede hacer el gobierno reaccionario y aventurero de los Estados Unidos ante tantas dificultades y crisis? ¿Dejarles a los demócratas la continuación de la guerra en Irak? ¿Perder las elecciones presidenciales del 2008 y esperar unos años para tener otra oportunidad de imponer el fascismo en los Estados Unidos y su dominio en el mundo? Varios observadores de la política norteamericana señalan la posibilidad de que la élite de poder representada por Bush y Cheney den un supuesto paso adelante atacando a Irán, como forma de esquivar los graves problemas acumulados. Quizás crean que con la guerra, el complejo militar industrial fortalecería la economía del país, el pueblo se uniría alrededor del Presidente, como lo han hecho tradicionalmente en medio de una guerra, y le darían al mundo un ejemplo de lo que son capaces de hacer con aquellos que se les rebelan. ¿Es una amenaza real o es solo para infundir miedo? Hay sectores poderosos en los Estados Unidos que consideran seriamente esta salida. Por suerte para los propios Estados Unidos y para el mundo hay otros que parecen conservar cierta cordura y niegan esta variante apocalíptica.
De lo que no existe duda es el propósito de la élite de poder en su conjunto apoyada por Israel, de mantener su control sobre Irak y de impedir a toda costa que Irán sea una potencia económica y militar y por sobre todo independiente, en medio de una zona estratégica rica en petróleo y evitar que su ejemplo influya en las masas explotadas por gobiernos árabes corruptos de la región. Los objetivos del gobierno de los Estados Unidos además de controlar el petróleo de ese territorio van mucho más allá de Irak, Irán y el Golfo Pérsico.
Bush, por medio del engaño trata de confundir a la opinión pública de los Estados Unidos y del mundo para desencadenar el ataque. Ha inventado un motivo, al acusar a Irán de estar construyendo bombas atómicas para atacar a los Estados Unidos. Moralmente el gobierno yanki no tiene una sola excusa para amenazar a ese país por su política de usar pacíficamente la energía atómica, cuando hay otros estados que poseen armas nucleares como la India y Paquistán, cuando han ayudado a Israel a contar con un arsenal de más de 200 bombas atómicas. Anhelan que sean los iraníes quienes les den la oportunidad para atribuirles la responsabilidad. Les urge hacer cada vez más creíble esta falacia al igual que hicieron con las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Irak.
Hace unos días, al amenazar de nuevo a Irán, el presidente Bush anunció por primera vez una posible guerra mundial con armas atómicas, lo cual concitó la preocupación de no pocos observadores. ¿Quieren cambiar la tradicional concepción de las guerras de agresión? Desde la época de Alejandro Magno hasta nuestros días, las contiendas bélicas de conquista se han ganado cuando se domina el territorio enemigo con fuerzas terrestres. Ante la carencia de suficientes tropas para mantener su ocupación en Irak, el imperio ha tenido que reforzar su ejército con decenas de miles de mercenarios contratados por empresas privadas. Para ocupar a Irán tendrían que implantar de nuevo el servicio militar obligatorio en los Estados Unidos, cuestión absolutamente imposible por el rechazo de los propios norteamericanos.
¿Se trataría entonces de realizar un genocidio y destruir la infraestructura militar, económica, política y social iraní con los llamados Bombardeos de Enjambre (en los que utilizarían además de las bombas de explosivos convencionales, armas nucleares) y no de invadirla y ocuparla? ¿Echarán a un lado la estrategia de los golpes quirúrgicos aéreos convencionales y la invasión terrestre, para entonces emplear todo su poderío e impedir la reacción de las fuerzas iraníes contra Israel y las instalaciones y el transporte de petróleo en la región? ¿Quieren hacer la primera guerra imperial de nuevo tipo, sin peligro de perder soldados en el conflicto?
Sería un horrendo crimen, pero no podemos olvidar que sería muy semejante a lo que ya hicieron en Hiroshima y Nagasaki.
Las capacidades de destrucción de los modernos aviones y misiles lanzados desde los portaviones son inmensas, pero no podrán destruir a un pueblo que decida resistir hasta las últimas consecuencias. El gobierno de los Estados Unidos no debía subestimar la respuesta de los ochenta millones de iraníes. Un pueblo valiente, con una historia y una cultura milenaria. Con un poderoso ejército que tiene experiencia combativa y millones de reservistas. Ni tampoco la reacción solidaria de los pueblos de todo el mundo ante tamaña crueldad.
Sería una larga y cruenta contienda que no se circunscribiría solo al territorio iraní. Los problemas de los Estados Unidos y de la humanidad se agravarían en todos lo sentidos. Según estimados el cierre del estrecho de Ormuz al paso de los barcos petroleros haría que los precios del barril de petróleo alcancen entre 200 y 400 dólares. Es posible que Irán realice también operaciones contra las instalaciones petroleras de otros países de la zona. Tamaña alza de los precios del petróleo arrastraría al mundo a las puertas de una gigantesca crisis económica.
La respuesta puede tener serias consecuencias para el futuro de la Humanidad, aunque también para los propios cimientos del actual orden capitalista mundial. Lo cual no debe ser subestimado por quienes toman las decisiones en Estados Unidos. |