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Junio 25 de 2007
La batalla de Carabobo
Por: Juvenal Herrera Torres
Los últimos días de mayo y primeros de junio son inciertos para el Libertador, hasta el punto de que el 25 de mayo escribe a Revenga diciéndole que hasta esa fecha "había estado envuelto en mil incertidumbres sobre las intenciones del enemigo" y agrega más adelante:
"Se había dicho que el General La Torre estaba en Araure, donde había reunido las tropas que estaban en San Carlos con la 3a y 5a Divisiones. Se aseguraba que uno de sus mejores batallones había ido a reforzar a Barquisimeto y que el resto del Ejército se aproximaba a esta ciudad (Guanare) y se había adelantado ya hasta Ospino".
En medio de esta niebla de guerra, propia de la naturaleza dispersa de las operaciones y de la incomunicación entre los diversos ejes de la ofensiva patriota, no solamente ignora Bolívar mucho del enemigo sino sobre la progresión de sus propias columnas. Las tropas bajo su inmediato control no son más que las brigadas de La Guardia a órdenes del coronel Ambrosio Plaza. Qué pasa con Bermúdez al oriente...? Con Páez en su aproximación desde Apure...? Con Urdaneta en su movimiento desde Coro...? Con cruz Carrillo al norte...?
En la incertidumbre no hay otro recurso que buscar información a través del combate y Bolívar lo hace, por medio de una exploración de caballería, cumplida exitosamente por el Escuadrón de Dragones de la Guardia. Se obtiene así parte de la claridad buscada, y el resto hay que deducirlo. La Torre, que se aprestaba a actuar ofensivamente, se repliega de pronto y marcha hacia Caracas; luego algo pasa en aquella direción: !Bermúdez ha consegudo el propósito de su maniobra! Barquisimeto ha sido reforzado, luego Cruz Castillo la amenaza de cerca. Morales se traslada de Calabozo hacia Caracas, señal de que la situación en la capital es grave, o de que Páez avanza conforme al plan.
Para el 4 de junio La Torre, conjurada la crisis de Caracas, adelanta su concentración en la meseta de Carabobo. A partir de este momento se inicia una etapa crítica para Bolívar. El enemigo se anticipa visiblemente en la reunión de sus medios y, a todas luces, habrá adquirido en pocos días capacidad ofensiva tal, que, si el jefe español sabe utilizarla, podrá traducirse en acometida sobre La Guardia que trastorne todo el plan. No llega Páez y la debilidad del momento táctico pone en peligro la gran maniobra ya en marcha.
Bolívar entiende el riesgo que se cierne sobre él y saca de su fértil imaginación un recurso que, en las circunstancias, no puede ser de combate. Se dirige a La Torre con nueva tentativa de paz, cuyo objeto es tan sólo ganar tiempo dentro de una lógica que encanja en la situación precaria del comandante español. El propósito es ganar tiempo, pero bien puede ocurrir que la campaña se decida sin lucha...Por qué no? Siendo el ensayo de doble intención, se habrá aplazado el choque hasta el momento en que el guerrero, que lo desea desde el fondo de su alma, esté listo para efectuarlo con neta superioridad.
Qué piensa La Torre ante aquel ofrecimiento? La condición propuesta por Bolívar es el reconocimiento de la independencia de Colombia. Por fuerza tiene que saber el comandante revolucionario que el español carece de aurtoridad para conceder tal pedimento. Por qué lo formula entonces? Si el mariscal se hubiese sentido lo suficientemente fuerte, y medido la razón oculta en el juego de su adversario, la respuesta ha debido ser un ataque fulminante. Pero no lo estaba, aunque quizá si supo leer que la debilidad inspiraba ese juego.
En vez de la ofensiva militar, La Torre decide sondear qué se esconde en la acción de Bolívar. Su propia exigencia puede equipararse con la de su antagonista: las fuerzas republicanas deben replegarse a las líneas de armisticio. Y al oficial encargado de transmitir su respuesta le encomienda averiguar algo, para él definitivo: Se ha concentrado el ejército rebelde?
Bien recibido el parlamentario por el Libertador, le pide en el curso de la conversación conocer al general Páez, por quien, afirma, siente especial admiración. El León de Apure ya se encuentra en el cuartel general, pues se ha adelantado varias jornadas al más despacioso movimiento de su ejército. Su presencia hará creer a La Torre que la reunión de las dos fuerzas ya se ha cumplido y el ardid cumple su finalidad. Bolívar rechaza la exigencia del realista, quien hábilmente engañado, no se decide a atacar una fuerza superior. A partir del 11 y hasta el 15 de junio, el ejército de Apure se concentra en Guanare y el riesgo de que el enemigo se adelantase en la ofensiva queda conjurado.
No falta quien señale mala fe en la conducta de Bolívar. Nada más equivocado. Mala fe sería dar la palabra y traicionarla. Pero un ardid dentro del juego de inteligencia y sagacidad que es la guerra tienen plena licitud. La contienda armada no es un duelo de esgrima, en el que los contendores se avisan recíprocamente el momento de iniciarlo. Por el contrario, cada cual trata de engañar a su oponente en busca de la sorpresa, uno de los grandes principios militares de aceptación universal. O es que para decidir la suerte de la guerra es fuerza el único camino? Sun‑ Tzu, el filósofo militar chino sentenció cuatro siglos antes de Cristo" "El colmo de la habilidad de un general no es ganar cien batallas para definir una campaña. El colmo de la habilidad es ganar la campaña sin haber tenido que luchar". Con esta reflexión, el pensador oriental está señalando el inmenso poder que los factores sicológicos ejercen dentro de un conflicto armado.
Las sólidas posiciones realistas en la meseta de Carabobo, preocupan a Bolívar, para quien los recuerdos del año 18 no se han borrado. Aquellos ataques directos en la sierra, que se estrellaron una y otra vez contra la férrea alianza de la infantería española con el terreno, constituyen aleccionadora experiencia que no desea repetir. Gravita en su memoria también la frustrada maniobra del Pantano de Vargas, en dudoso equilibrio con el brillante movimiento que lo colocó en Tunja, a la espalda de su enemigo. Bajo las impresiones encontradas recurre a la maniobra indirecta, materializada en la columna de Cruz Carrillo, a cuyo jefe ordena amenazar abiertamente el flanco norte de La Torre.
El procedimiento consigue éxito parcial. El español se aferra a Carabobo, dada la cobertura que desde allí puede ejercer sobre las rutas a Caracas. Pero para retener la posición se ve forzado a conjurar la nueva amenaza, para lo cual destaca los batallones Primero de Navarra y Ligero de Barinas, al mando del coronel Tello, con orden de reforzar la guarnición de San Felipe por el norte, en la ruta de Barquisimeto. Con ello se debiliatan gravemente los medios a su disposición en vísperas de la batalla decisiva que se avecina.
El 19 de junio se inicia el movimiento al contacto. El coronel Laurencio Silva, en clásica acción de caballería, toma por sorpresa los puestos avanzados del enemigo en Tinaquillo, abriendo así el paso al ejército que cruza el 20 por Tinaco y alcanza el 22 la sabana de Taguanes. El lugar tiene para el Libertador reminiscencias victoriosas de 1813. Allí ‑ evocación lejana de aquella impresionante parada napoleónica del chiaro ‑ pasa revista a su ejército. Bolívar conoce el secreto de cómo pulsar las fibras más sensibles del alma. Sabe lo que el colorido de los uniformes y el centellar de los aceros significan en el robustecimiento de la moral de combate de un ejército. Y, sobre todo, tiene conciencia de lo que logra su palabra vibrante en la transmisión de su lumbre guerrera. Aquellos seis mil hombres que escuchan esa voz poderosa van a enfrentarse al día siguiente con el espectro siempre impresionante de la muerte. Deben hacerlo con las arterias convertidas en conductos de fuego, como las suyas mientras pronuncia su arenga iluminada.
Allí están, inmóviles bajo el sol, las tres divisiones en que se ha organizado el ejército libertador a su paso por San Carlos.
La primera, antes Ejército de Apure, obedece al guerrero de la llanura que se ha elevado, a fuerza de luchar confundido en el tropel de lanzas, a general de división. Páez es un ídolo para sus luchadores elementales. Una leyenda al galope. Una borrasca imbatible y tremenda. Tan sólo hay con él dos batallones a pie:
Cazadores Británicos y Bravos de Apure. Los ingleses, curiosamente, han armonizado a la maravilla con aquel león suelto, que los comprende sin entender su lengua. Los quiere y ellos, que así lo intuyen, le devuelven afecto con admiración sonriente. Hay un océano y muchos siglos entre aquel rudimentario catire a caballo y esos rubios legionarios nórdicos. Pero en el fondo, unos y otros escriben la misma historia con sus vidas de aventura entremezclada en el secreto anhelo que todo hombre alimenta de algún modo dentro de si: la búsqueda ansiosa de la gloria. El resto, seis regimientos, son como su caudillo, duros jinetes que apoyan la caña de su lanza terminada en cuchara de hierro forjado, sobre el rejo de cuero convertido en estribo. Y que, en el momento de la carga, tendidos sobre el cuello recto de su caballo al galope, son con él una sola línea horizontal, prolongada en aquella vara convertida por su brazo de bronce en la más temible de las armas. El Regimiento de Honor, los Húsares de Páez, el Regimiento de la Muerte, el de Lanceros de Honor, el de Cazadores Valientes, el de La Venganza, la Reserva de Caballería, nombres en los que se entremeszclan acentos marciales y simples voces de la llanura, mundo inmenso que abarca desde la cordillera granadina hasta el Orinoco y donde no hay otro límite que el cierre del horizonte.
La segunda División la comanda otro caudillo del mismo corte de Páez: Manuel Cedeño, también general de división por caudillaje natural. Con él forma la Segunda Brigada de la Guardia a órdenes del coronel Antonio Rangel, compuesta por los batallones de infantería Vargas. Tiradores y Boyacá y el Escuadrón Sagrado. La Guardia es un nuevo tipo de organización ideado por el Libertador, un poco a la manera de regimiento español a tres batallones de infantería, adicionado con un escuadrón a caballo. Pero no es tan sólo un concepto orgánico. Es, antes que todo, una forma de crear sentido de orgulloso elitismo guerrero en quienes la integran. Desde Carabobo hasta Ayacucho, La Guardia ‑ vislumbre del bonapartismo que en alguna forma impregna el subconsciente del Libertador? ‑ fabricará toda una leyenda viva de coraje, de arrojo, de valor, que hará de sus cargas impetuosas trasunto del guerrero que les dió nombre.
La Tercera División es la del coronel Ambrocio Plaza. Forma en ella la Primera Brigada de la Guardia comandada por el coronel Manuel Manrique, a quien se recuerda por los partes de batalla que suscribía en ausencia de Soublette durante la Campaña de Boyacá, aumentados con el Anzoátegui y el Primero de Caballería de La Guardia, al mando de aquel negro esplendido de los catorce lanceros en Vargas: el ya coronel Juan José Rondón.
Cuatro mil infantes, dos mil quinientos jinetes, no se habían visto reunidos jamás en la Guerra de Independencia. El espectáculo es grandioso, sobre la llanura donde aún flotan con el viento los ecos de la batalla librada sobre el mismo suelo que lo presencia.
No lejos del lugar, sobre la planicie de Carabobo donde también, como allí, se recoge la memoria de otro triunfo republicano, el mariscal de campo don Miguel de La Torre prepara sus 2.566 infantes, 1651 jinetes y 62 artilleros para la batalla. El no sabe cuándo irá a librarse. Forzado a la defensiva por aquella cuádruple maniobra que lo amenaza por todos lados, no pasa revista a sus tropas, situadas ya en posiciones de combate. Sabe de su inferioridad numérica, impuesta por las mismas circunstancias que lo obligan a sostener tres frentes distintos (Urdaneta no alcanzó a concurrir a la cita, retardado en su progresión por las guerrillas realistas de Coro), pero ignora lo abrumador de las cifras: 1.500 infantes y 1.000 jinetes en cifras redondas. Lo único claro para el militar español, es que tiene una misión por cumplir. Y la cumplirá con el sentido del deber que lo mantiene desde hace seis años en este trópico endemoniado, luchando por un rey ‑ en quien posiblemente ya dejó de creer ‑ por una patria ‑ por la que jamás rendirá la espada ‑ y algo que anida detrás de la guerrera de cualquier soldado: la gloria. Así la suya, en medio de los nubarrones que se ciernen sobre lo que aún queda de la Venezuela realista, esté perdiendo ante sus ojos el brillo que en otras circunstancias hubiese significado el cargo de comandante en jefe.
Dispersos sobre los puntos que habrán de proteger una vez el ejército enemigo haga su aparición, españoles, criollos de Venezuela y de Colombia, con el matiz de tres razas bajo la epidermis que oscila entre negro cetrino y blanco tostado de sol, las formaciones realistas entrañan varios siglos de historia militar, que en América empiezan sobre un fondo de carabelas, yelmos y corazas de conquista.
En tales circunstancias, los factores ponderables favorecen de manera manifiesta las fuerzas de la República. Pero lo más grave para la causa del rey es que, además de la apabullante ventaja material, su enemigo también la ofrece en el ámbito de los intangibles. La historia de Bolívar con los caudillos venezolanos en el pasado y de Cajigal con Boves en el lado realista, se repite ahora entre La Torre, militar de escuela y Tomás Morales, el feroz segundo de Boves, para quien el concepto de la guerra sigue siendo el del bárbaro asturiano: sangre, destrucción y aniquilamiento, en lo cual, como en muchos otros aspectos, choca con la caballeresca personalidad del general en jefe.
De los cuadros orgánicos de las divisiones, Bolívar ha conseguido sustraer, mediante las dos maniobras de diversión, los batallones de infantería Segundo del Valencey, tercero del rey y dos escuadrones del regimiento de caballería Lanceros del rey, enviados a caracas contra Bermúdez, tomándolos de la División de Vanguardia, en tanto el Ligero de Barinas y el Primero de Navarra han debido hacer frente a la amenaza de Carrillo por el norte. En tales condiciones la inferioridad realista, grave de suyo, se hace más dramática frente al poderío del esfuerzo principal de Bolívar.
Carabobo, a diferencia de Boyacá, donde un ejército en movimiento tropieza con otro que se ha detenido para reposar, es una batalla preparada. La Torre obligado a librarla en forma defensiva, se afianza sobre el terreno favorable, acaballando sus unidades sobre los dos ejes de espera natural; el camino que desde el oeste viene de San Carlos, donde se halla la concentración adversaria, hacia Valencia, y el del Pao por el sur, que se une con el anterior sobre la propia meseta de Carabobo. La quebrada de este nombre, algo profunda y con un fuerte talud que desciende desde la meseta por su extremo norte, permite dominar el acceso a la sabana.
La Primera División cubre la vía de San Carlos, con el Batallón Barbastro al norte del camino y el Valencey al sur, sobre alturas dominantes; la artillería ocupa el centro y el Hostalrich como reserva en segunda línea, apoyando a la vez la cobertura del camino del Pao.
La División de Vanguardia prolonga hacia el sur la posición realista, con el batallón Ligero del Infante en primera línea, cubierto por una avanzada de caballería y los 100 milicianos. Más atrás se halla el batallón del Príncipe que da profundidad tanto a esta parte del dispositivo, como a la que protege el camino de San Carlos.
Como reserva general del ejército, se halla el Batallón Burgos sobre la unión de caminos del Pao y de San Carlos. Al fondo de la llanada, también en reserva, se encuentra toda la caballería realista.
Basta a Bolívar una ojeada al campo en las primeras horas del 24 de junio, para comprender que el ataque por el eje natural de marcha ha de hallar el obstáculo combinado de la topografía y los infantes españoles, de los cuales guarda ingrato recuerdo. Lo más sensato en tales circunstancias es buscar sorpresa táctica mediante la maniobra, para lo cual decide realizar un despliegue frontal, como apoyo de un desbordamiento del ala derecha adversaria por el norte.
Es así como desplaza de sur a norte la Primera División, a cubierto de las alturas que culminan en el cerro Cayetano. La Segunda al mando de Cedeño la sigue en columna, en tanto La Tercera, con Plaza, cumple visiblemente su despliegue, atrayendo sobre sí toda la atención de la línea realista.
Los Bravos de Apure marchan a la cabeza de la Primera División, seguidos por los Cazadores Británicos. Luego la caballería. El desplazamiento de aquella gran masa no alcanza a pasar inadvertido. La Torre lo advierte y destaca el Batallón Burgos para cubrir la línea de aproximación de los patriotas. Así, cuando el Bravos de Apure asciende los barrancos que flanquean la meseta por el norte, es recibido con fuego intenso y rechazado en desorden por la cuesta, con pérdidas considerables.
Los Cazadores Británicos lo reemplazan en la línea de choque. Cargan impetuosamente, impertérritos ante el fuego, y ganan terreno. El Burgos se repliega ante aquel ataque firme, sereno, que avanza en amplia línea roja, pendiente arriba.
La Torre empeña con presteza los batallones ligeros del Infante y Hostalrich en apoyo del Burgos. La batalla se desplaza así hacia el norte, variando la concepción original del comandante español. Los Cazadores aguantan a pie firme el alud de la infantería realista. Cae Ferriar, el bravo comandante irlandés. Lo reemplaza su segundo, el teniente coronel Daver, quien cae también a la cabeza de sus hombres. La línea no cede. Los Bravos de Apure, contagiados del coraje de los Cazadores, se reorganizan entre tanto, para acudir en su apoyo. La sonora voz de Ferriar !Firmes!, repetida una y otra vez bajo las balas, sigue resonando después de la caída del comandante y subcomandante. La recoge el capitán Scott, quien cae también. Luego Minchin. Por último Brand, el más antiguo de los capitanes cuando cae aquél. !Cargar! Y la línea se pone en movimiento por la pendiente, sin mirar atrás, ni detener el paso sobre el talud salpicado de rojo de guerreras y de sangre.
Diecisiete oficiales británicos y 119 hombres de tropa dejan los Cazadores tendidos en la pendiente. Pero, hombro a hombro con los Bravos de Apure desbordan el límite de la meseta. Allí se traba violento combate con los tres batallones hispanos, prontamente reforzados por los de Barbastro y el Príncipe. Los Tiradores de la división de Cedeño entran al combate y el comandante de ésta presiona sus demás unidades para comprometerlas en la batalla que se ha generalizado con violencia entre las dos infanterías.
Entre tanto Páez logra colocar sobre la meseta sus primeros jinetes. La Torre se apresura a contener la nueva amenaza lanzando los Húsares de Fernando Séptimo. Estos defeccionan lastimosamente, contentándose con disparar sus carabinas pero rehuyendo la carga que hubiese podido tener resultados importantes. Recurre el comandante español a los lanceros del Rey, que emprenden fuga vergonzosamente al primer amago de carga patriota.
El derrumbamiento sin lucha de la caballería realista marca la suerte de la batalla. Los escuadrones de Páez siguen irrumpiendo en la sabana. La infantería, duramente presionada por su frente, es ahora golpeada por el flanco y su retaguardia amenazada por el alud de caballería llanera.
El Primero de Valencey, sobre el camino de San Carlos a Valencia aguanta solitario el ataque de la división de Plaza e inicia su repliegue, resistiendo en cuadro. La Torre y su estado mayor se reúnen, luego Morales con lo que aún le queda, así como los restos de los cuerpos que son en aquel instante destrozados por el ataque de las armas republicanas. El Barbastro trata de unirse al Valencey pero es copado. Ante el ataque masivo sucumbe y acaba por rendirse. También Infante brega por sumarse a aquel cuadro de acero que se repliega con las banderas de España y del Valencey al viento. No lo consigue, pero gana un bosque hacia el límite oriental del campo y de allí logra escurrirse del desastre hasta alcanzar a Puerto Cabello esa misma noche.
Dos horas después de entablada, la batalla se decide por el ejército republicano. Desaparecida del campo la caballería en la que fincó La Torre sus mejores esperanzas, abatidos cuatro de sus seis batallones de infantería, sólo resta al bizarro mariscal salvar el honor de las armas españolas. El coronel Tomás García, comandante de la Primera División, conduce el repliegue con mano de hierro. Bolívar lanza la caballería de sus divisiones contra aquel empecinado cuadro de infantes que se desprende al trote, hace alto, descarga sus armas con efecto mortífero, reinicia el repliegue.
En el empeño de romper las sólidas líneas españolas perece el propio Cedeño con buena parte de sus mejores oficiales. Ya Plaza ha caído atrás. Dos comandantes divisionarios, multitud de oficiales y tropas perecen en el inútil empeño de quebrantar la cuádruple línea del Valencey. Julián Mellao, héroe de Boyacá, cae también compitiendo con Rondón en la carga.
El cuadro, disminuído en hombre pero jamás en reciedumbre, gana la ciudad de Valencia. Al trote atraviesa las calles. Bolívar hace un último esfuerzo, montando en ancas 200 granaderos a pie en escuadrones de Páez, para salir a retaguardia del Valencey. La lluvia que comienza a caer sobre el campo entorpece el movimiento de los caballos con su doble carga y, a cubierto de la noche que obliga a suspender la enconada persecución, el cuadro heróico pernocta en Naguanagua, de donde se desprende al amanecer para ganar el reducto de Puerto Cabello.
Este epílogo sangriento de la batalla traza cárdena huella de gloria en el cierre de la guerra en Venezuela. Carabobo es una gran victoria para la República, y un honroso revés para la Corona española, que tiempo atrás ha debido reconocer la inutilidad de la lucha y salvar aquellas vidas valerosas, caídas anónimamente por preservar los dislocados fragmentos de un imperio que no podría reconstruirse jamás.
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