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Agosto 13 de 2007
Lula, Calderón y la … ¿integración?
Por: Manuel Vallejo ABP/México
“Integración”, “América Latina”, “Independencia” y otros términos semejantes han figurado en los principales titulares de la prensa mexicana esta semana. Tal circulación de conceptos -que quisiéramos fueran comunes en los debates de la izquierda mexicana- obedece a las recientes visitas a México de Néstor Kirchner, presidente de Argentina, y Luiz Inacio Lula da Silva, actual presidente de Brasil.
Ha sido curioso para los mexicanos oír a Lula decir que México y Brasil, unidos bajo su proyecto de biocombustibles, pronto serán verdaderas “potencias económicas”. Sinceramente, ese discurso subimperialista ya no emociona a nadie en el país (salvo a los grandes empresarios; ellos siempre, independientemente de las condiciones en que viva el pueblo, son potencia mundial). México ya transitó la ilusión del desarrollismo capitalista durante varias décadas del siglo pasado; la última borrachera, cuya resaca resulta particularmente odiosa hasta el día de hoy, es la del neoliberalismo. Hemos pasado por todas las vertientes económicas en el marco del capitalismo dependiente, absolutamente todas con resultados lamentables.
Por eso nadie prestó atención a las promesas de Lula quien, pródigo en halagos hacia Felipe Calderón, trajo al país otro de esos “planes modernizadores” que hasta ahora sólo llegaban en manos de asesores económicos gringos y funcionarios-empresarios del propio gobierno mexicano.
La verdad es que la tan cacareada “alianza energética” que promocionan Lula y la comitiva de empresarios brasileños que le acompaña, sólo fue percibida por el complejo movimiento popular del país como una forma más o menos discreta de continuar el proyecto “desmantelamiento-quiebra-privatización” de Petróleos Mexicanos (PEMEX), la estatal petrolera mexicana creada en 1946, cuando el General Lázaro Cárdenas arrancó de las empresas inglesas y yanquis el petróleo que se habían apropiado durante la rapiña que siguió a la guerra revolucionaria de 1910-1921.
PEMEX ha estado en la mira de los neoliberales desde hace mucho tiempo. Ya en la década de los noventas del siglo XX, en pleno auge del neoliberalismo, fue convertida en empresa paraestatal a través de la participación de capitales extranjeros en la petroquímica secundaria. Ahora, la ultraderecha empresarial que gobierna en el país estaba en busca de la privatización definitiva de la empresa al menor costo político. Parece que han decidido valerse de los empresarios beneficiados de PETROBRAS, amparados por la imagen del “ex sindicalista” Lula, para avanzar hacia su objetivo.
Agreguemos a éso la firma de acuerdos bilaterales para la producción en México de biocombustibles a base de productos agrícolas que bastante falta hacen para combatir la ascendente desnutrición que impera en el país. ¿No es, entonces, necesario preguntarse a qué integración hace referencia Lula?
Una cosa queda clara: la integración de América Latina y el Caribe es una necesidad impostergable ante el nuevo empuje colonizador del imperialismo estadounidense; tan así que ha logrado colarse hasta las más altas esferas de la política en nuestros países, recordando el escenario histórico previo a las revoluciones de independencia del siglo XIX, cuando nuestros pueblos debatían acaloradamente lo que las élites de entonces ( tan parecidas a las de ahora) calificaban de locura: la profundización del proyecto que reivindicaba la autonomía de las colonias europeas en América hacia una postura radicalmente independentista.
En este sentido, es necesario dar curso al debate sobre la integración de nuestros pueblos reconociendo las limitaciones históricas de algunos proyectos.
El caso del gobierno de Lula es ejemplar. La obsesión del gobierno brasileño por crear una “potencia” capitalista de la mano de los Estados Unidos en el sur del continente, es más parecida a una declaración de dependencia que a una apuesta por mejorar las condiciones de vida de ese pueblo. En Brasil, como en todos los países latinoamericanos que padecemos el flagelo de una oligarquía aliada al imperialismo gringo, los números crecen con cada transacción, con cada movimiento de acciones del capital privado en Wall Street, con cada alianza económica entre neoliberales, pero el pueblo sigue padeciendo siempre las mismas condiciones miserables de vida.
En cuestiones de política exterior las cosas van por el mismo camino. El bloqueo de los senadores derechistas brasileños al ingreso de Venezuela en el MERCOSUR, aduciendo dizque violaciones contra la libertad de expresión en el país bolivariano, y la pasividad de Lula al respecto, hablan mal de su voluntad de “integración”. Por supuesto, el poner a disposición de los gringos y la Unión Europea las riquezas naturales del Brasil para la producción de agrocombustibles, es un asunto de repercusiones nacionales e internacionales.
Por cierto, muy mal le queda al gobierno brasileño seguir promocionando los biocombustibles como “energía más limpia y segura”. Esas mentiras de propaganda “made in USA” contrastan con los análisis científicos que han sido aplicados a estos productos. Los biocombustibles son más caros, más contaminantes y, lo peor, su producción podría provocar en un futuro no muy lejano las peores crisis alimentarias de toda la historia. Muy aleccionadores han sido los artículos de Atilo Borón al respecto, así como las reflexiones del Comandante Fidel Castro sobre el tema.
El periodista Eduardo Andrés Aller, ilustra muy bien las dudas que genera la política “integracionista” de Lula: “Resulta al menos sugestivo que mientras los grandes proyectos de integración regional como el Banco del Sur y el Gasoducto del Sur han quedo en el limbo de la burocracia y en los espejismos de la retórica, Da Silva actúe con tanta avidez para concretizar el proyecto ideado por George Bush, de producir energía para automóviles con las materias primas alimenticias que son la base de la dieta de la población latinoamericana” (rebelión.org 07-08-2007).
La verdad es que los mexicanos no esperábamos que Lula viniera a condenar la acelerada (para) militarización que vive nuestro país, tampoco a exigir que cesen las violaciones a los derechos humanos contra activistas sociales, ni que se haga justicia en el caso de los cientos de mujeres asesinadas por narcotraficantes y juniors en Ciudad Juárez (frontera con Estados Unidos). No. Sin embargo tampoco esperábamos ese despliegue efectista que busca confundir y revolver lo que no combina.
Quizá la experiencia y formación de Lula lo llevaron a evitar declaraciones como las que hizo el embajador argentino en México en la víspera de la visita del presidente Kirchner a nuestro país: “el gobierno de Felipe Calderón no es instrumento de la política exterior estadunidense en América Latina”, agregando que su política exterior es “independiente, autónoma, firme” (La Jornada 28/07/2007). Eso es ignorancia o desesperación, sobre todo cuando el Washington Post confirmó la próxima entrada en vigencia de un Plan Colombia para México (08/07/2007) diseñado -claro está- por los Estados Unidos.
Desde mi personal punto de vista, creo que el concepto de integración de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños toma cada vez más fuerza. Pero conforme arrecien las contradicciones propias del capitalismo salvaje, las cosas irán ocupando su verdadero lugar.
¿Qué integración? ¿Integración para qué? ¿Integración entre quienes? Esas y otras preguntas saltan a la vista en este debate que apenas va haciéndose visible.
Falta mucho camino por andar; las cosas han de construirse con calma si se las quiere bien hechas. Pero es hora de que comencemos a discutirlas con la objetividad que requiere lo evidente e impostergable. La unidad entre los pueblos para hacer frente al voraz imperialismo yanqui y sus serviles es el signo de estos tiempos que nos ha tocado vivir.
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