logo alternativo  
Destacamos

 

Junio 11 de 2007

MÉXICO REVISITADO, CONMOVEDOR Y CONTRADICTORIO
Por Miguel Urbano Rodrigues.

Volver a México es siempre para mí el reencuentro con un pueblo que me fascina como ningún otro en América Latina. Tan imprevisible es todo allí que al llegar no intento imaginar lo que voy a sentir. En Marzo, durante dos semanas escasas, confirmé esa certeza.
En vísperas del viaje, leí un ensayo de un famoso historiador de las luchas sociales en América. La referencia a México era brevísima. En su opinión, mientras en el Sur del Hemisferio crecía la ola antiimperialista y las políticas neoliberales eran repudiadas por las grandes mayorías, en México no acontecía nada digno de ser comentado.
Es una opinión de la que discrepo.

Las apariencias del vasallaje mexicano frente al sistema de poder de los EEUU son engañosas. En una charla que dí en Córdoba, en el estado de Veracruz, comparé a México con una mujer embarazada. El parto aún no tiene fecha, pero las tensiones acumuladas en el vientre de la tierra mexicana anuncian una nueva vida.
La previsión parece absurda porque el actual presidente es un político de derecha defensor del refuerzo de la alianza con Washington. Las circunstancias en que Felipe Calderón fue investido en la Presidencia ayudan, sin embargo, a comprender la complejidad de una crisis del poder de las fuerzas más reaccionarias del país después de la victoria pírrica por ellas alcanzada.

El candidato del Partido de Acción Nacional (PAN) fue declarado vencedor de las elecciones por el Instituto Federal Electoral después de un gigantesco fraude. Este repitió otros anteriores, pero en circunstancias tan escandalosas que se tornó inevitable un recuento de votos, además también fraudulento.

Calderón sucedió a Vicente Fox, el primer político declaradamente de derecha que llegó a la Presidencia después de la victoria de la Revolución Mexicana hace casi 100 años.
Fox, un empresario sin pasado político (había sido gerente de la Coca-Cola), fue apoyado por la organización ultraderechista El Yunque, que controlaba la dirección del PAN. Su mujer, Marta Sahagún (que no pudo ser candidata por estar envuelta en escándalos mayúsculos), mantuvo relaciones estrechas con los Legionarios de Cristo, una asociación de fanáticos defensora de la imposición del catolicismo como religión de Estado.

Fox hizo la política que de él se podía esperar.

El candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Roberto Madrazo, no tenía posibilidades de ganar las elecciones. Ese viejo partido es hoy una reliquia que nada tiene de revolucionario. Le cabe la responsabilidad de, en sucesivos gobiernos, haber destruido gran parte de las empresas del Estado. En complicidad con el PAN, fue en el Poder un ejecutor fiel de las recetas neoliberales impuestas por el Consenso de Washington.

La lucha electoral se libró entre el PAN y el Partido de la Revolución Democrática (PRD). La prensa internacional, con pocas excepciones, identificó al PRD como un partido de izquierda. Algunos fueron más lejos: definieron a Andrés Manuel López Obrador, su candidato, como un político de tendencia socialista.

No es verdad. Obrador nunca habló del socialismo en su campaña, ni siquiera como meta distante. En México hace casi dos décadas que no participa en las elecciones, por falta de registro electoral, ninguna organización socialista. Obrador puede ser definido como un socialdemócrata moderado. Mantiene la tradición. Cuauhtémoc Cárdenas, el fundador del PRD, hizo esfuerzos, en 1999, para llegar a un acuerdo con el PAN, cuyo objetivo sería evitar la victoria del candidato del PRI. López Obrador lo aprobó: “Tenemos diferencias –afirmó entonces en Tabasco- pero la democracia está en primer lugar”.

Extraño concepto de democracia es el de un partido abierto a entendimientos con diputados de extrema derecha.
Los acuerdos políticos espurios son además tradicionales en la falsa democracia mexicana. Cabe recordar que, durante la Presidencia de Salinas de Gortari, el PRI y el PAN habían actuado en el Congreso como fuerzas complementarias en la ofensiva neoliberal de privatizaciones. Salinas, un Harvard boy, necesitó entonces de los votos de la bancada panista para imponer las enmiendas constitucionales que destruirían conquistas históricas de la Revolución Mexicana.

Falsean por tanto la realidad los analistas que “acusaron” a López Obrador de ser un reformista revolucionario, viendo en él un aliado potencial de Hugo Chávez. El candidato del PRD ni siquiera declaró ser anticapitalista. Es suficiente leer su “Proyecto Alternativo de Nación” para percibir que el Programa de la Coalición por el Bien de Todos no era de izquierda. Durante la campaña electoral las críticas al imperialismo fueron, además, tímidas.

Es un hecho que solamente un enorme fraude impidió a Obrador ser proclamado Presidente de la República. Un fraude tan evidente que el candidato robado no reconoció la decisión del Tribunal Electoral y constituyó un “gobierno paralelo”, declarando ilegitimo a Felipe Calderón.
El escándalo fue mayor cuando durante más de un año los sondeos atribuían a López Obrador una victoria confortable sobre el candidato del PAN.

LA OTRA CAMPAÑA


Un sector considerable de la sociedad mexicana extrajo, sin embargo, conclusiones inesperadas del fraude electoral. La máscara democrática del régimen cayó con estruendo.
La rebelión de Oaxaca no debe ser interpretada como un acontecimiento localizado, que expresó solamente la revuelta de los habitantes de una ciudad contra el abuso del poder de un gobernador brutal.

La llamada “Comuna de Oaxaca” resistió durante meses a una represión criminal. El gobierno de Calderón acabó por lanzar al ejército contra la población. Pero no alcanzó el objetivo. Los llamados, reivindicaciones y denuncias de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), atravesaron las fronteras y sensibilizaron a la humanidad progresista para luchas que, trascendiendo el ámbito de México, tienen un significado simbólico.

Brotes de rebeldía, reprimidos con violencia por el gobierno, demuestran que Oaxaca no fue una protesta aislada. Anteriormente fue en Atenco. Después la represión llegó a Chiapas, bastión del Zapatismo.
Científicos sociales que apoyaron la candidatura de Obrador intentan minimizar el significado de La Otra Campaña, el movimiento lanzado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del que forman parte organizaciones revolucionarias como el Partido de los Comunistas.

Con mi visita a México se fortaleció la convicción de que La Otra Campaña        -iniciativa de la que poco se habla en Europa y que ha sido mal comprendida por personalidades progresistas en América Latina- no actuó irresponsablemente al organizarse por fuera del carril electoral.
La rebelión en Oaxaca confirmó lo correcto de la estrategia de La Otra Campaña, que llevó a destacados intelectuales reformistas  a distanciarse del Subcomandante Marcos.

La Otra Campaña
partió de la conclusión correcta de que cualquiera que fuese el candidato electo, la política de sumisión a los EEUU continuaría, lo mismo que la explotación capitalista. Obviamente, Obrador difiere de Calderón. Pero en lo fundamental ambos desarrollarían políticas neoliberales, invocando a la democracia para negarla en la práctica, gobernando para los de arriba, contra los de abajo.
Esa Campaña inédita comenzó a esbozarse cuando el Subcomandante Marcos, en nombre del EZLN, en una inflexión estratégica inesperada, propuso a la izquierda revolucionaria y a los movimientos sociales progresistas una alternativa al proceso electoral tradicional y en choque con él. Una Campaña sin candidato, orientada para la denuncia del sistema, con un rostro claramente anticapitalista y revolucionario.

En una primera etapa los dirigentes y activistas de La Otra Campaña recorrieron diferentes estados de México. No pedían votos. El objetivo era hacer evidente que el responsable de los grandes problemas que preocupan a la población es un sistema, el capitalista, y que la lucha para destruirlo será prolongada, difícil y exigirá la unidad de los pueblos indios, de la clase trabajadora, de los campesinos, de las mujeres, de los jóvenes, de los estudiantes y de los intelectuales progresistas.

“Para identificar a ese enemigo común –las palabras son de Pável Blanco, de la dirección del Partido de los Comunistas- La Otra Campaña adoptó un método: oír. Es entonces, cuando un campesino del Sureste consigue escuchar a un campesino del Norte y percibe que enfrenta exactamente el mismo problema y el mismo enemigo, comprende que no puede luchar solo. Ocurre lo mismo con los trabajadores, con los jóvenes, etc. Tenemos ahora un movimiento muy amplio, extensivo, que sabe que no es suficiente cambiar un gobierno, que es indispensable cambiar el sistema, un movimiento que comprende la necesidad de romper radicalmente con el neoliberalismo y el capitalismo.

Es ese elemento de calidad que diferencia la lucha en México de la librada por los pueblos hermanos del Continente. Esa es la garantía de que, llegado el momento, no será posible detener el impulso de un pueblo decidido a ponerse de pie.”
Oaxaca apunta un camino. Los brotes de rebeldía irrumpen inesperadamente en áreas muy distantes. En Guerrero Negro, en Baja California Sur, después de años de espera por decisiones judiciales, cientos de ejidatarios (campesinos que participan de una forma tradicional de propiedad colectiva) decidieron recuperar tierras de las que la transnacional Mitsubishi los había despojado, tierras ricas en sal y en petróleo. En Sinaloa los pescadores se movilizan para una lucha de larga duración. Lo mismo acontece con los comuneros de La Parota, en fuerte oposición al despojo agrario.

¿Son revolucionarios con formación política esos trabajadores? No. Más la desesperación los lleva a adoptar formas  de lucha que años atrás eran impensables. Finalmente comprenden que nada pueden esperar de un sistema de fachada democrática.
Emiliano Zapata y Pancho Villa, los grandes caudillos de la segunda década del Siglo XX, no tenían conocimiento del marxismo cuando se levantaron en armas contra la opresión secular de que eran victima los campesinos de la época. Y, con todo, fueron pioneros y héroes de una revolución nacional libertadora. Ambos tomaron conciencia de que la democracia maderista, posterior al porfiriato,  era, al final, una falsa democracia y que la Revolución Mexicana solamente avanzaría si el pueblo oprimido asumiese su papel de sujeto de la historia.

No pretendo establecer analogías, porque el Siglo XXI es profundamente diferente de aquel en que vivieron y lucharon Zapata y Villa. Más  La Otra Campaña está abriendo los ojos a una generación de mexicanos (víctimas de un sistema instaurado paradójicamente por una  Revolución que, al institucionalizarse, se tornó progresivamente en contrarrevolucionaria).
La segunda etapa de La Otra Campaña se está desarrollando en México en el momento en que escribo.

LO QUE VÍ Y SENTÍ.


Han transcurrido dos semanas desde que regresé de México y tengo aún dificultad para ordenar las ideas. Imágenes, sensaciones, emociones, la memoria de lo que ví, escuché y sentí se funden en un panel de contornos imprecisos, tan complejo que imprime a la reflexión rumbos que no consigo controlar.

Identifico en México, repito, la cultura más fascinante de América. Hijo de dos civilizaciones que chocaron trágicamente,  su pueblo mestizo aún no forma una nación. La dualidad que persiste no impidió la formación de una conciencia nacional muy fuerte. Es suficiente visitar el Museo Nacional de Antropología –uno de los más bellos del mundo- y entrar en la gran sala de Tenochtitlán para captar el orgullo doloroso de la mexicanidad y la esperanza que ella abre para el futuro, enraizada en las tormentas de un pasado sembrado de humillaciones.
Participé en un Seminario Internacional de Izquierda, en una Conferencia nacional de Solidaridad con el Pueblo de Colombia, pronuncié una

Conferencia en la Universidad Nacional Autónoma de México (a la que asisten diariamente 380 000 estudiantes y profesores), e hice dos conversaciones en los estados de Veracruz y Morelos.

Eran, obviamente, diferentes los públicos y la atmósfera. Más un puente los unió. México, en este inicio del Siglo XXI, es un laboratorio donde hierve el debate de las ideas. El repudio al neoliberalismo, cuyas políticas son responsables de un empobrecimiento progresivo del pueblo –a pesar de que el país es riquísimo en recursos naturales–, contribuyó a reforzar el sentimiento antiimperialista, profundamente anclado en el corazón de los mexicanos.

La permanencia en el gobierno de una burguesía reaccionaria, sumisa a todas las imposiciones del sistema de poder de los EEUU, estimula el rechazo hacia Tratado de Libre Comercio con América del Norte, que recolonizó al país.

La convicción de que la conquista de la independencia real pasa por el proceso de integración con los pueblos al  Sur del río Bravo dejó de ser un sueño para tornarse objetivo. La defensa de la integración se manifiesta en discursos diferentes, en función de la ideología, pero gana adeptos cada vez. La popularidad de Hugo Chávez, hoy el revolucionario que empuña la unidad latinoamericana, refleja el renacimiento del proyecto de Bolívar.

La participación de los jóvenes militantes en el debate de los grandes problemas de nuestro tiempo me impresionó mucho.
En Córdoba (Veracruz), y Jojutla (Morelos), hablé para cuadros del Partido de los Comunistas, promotor de esos encuentros. Independientemente del tema de las conversaciones, fueron levantadas cuestiones inseparables de la crisis global que la humanidad enfrenta. Las preguntas dejaban aparecer un nivel de información elevado y una formación ideológica marxista poco común en otros países del Continente. De Irak, de Irán, de Palestina y del sionismo se partía para problemas de Asia Oriental, el agravamiento de la crisis del sistema imperial estadounidense, y de ahí para la Unión Europea, las elecciones francesas y América Latina. Los jóvenes comunistas mexicanos manifestaron un interés especial por los desafíos que plantea la transición del capitalismo al socialismo, por las causas profundas, internas y externas, del fin del socialismo en la URSS, por los trabajos de marxistas europeos como George Labica, Henri Alleg, Gastaud e Istvan Meszaros. Llamé la atención para el gran significado del libro Lenin y la Revolución, del profesor Jean Salem –prácticamente ignorado en su país- y, cuando fue colocado el tema del Socialismo como única alternativa al capitalismo en su fase senil, el debate se prolongó.

En América Latina es casi una moda defender aquello que llaman el Socialismo del Siglo XXI. El hecho de que Hugo Chávez y destacados académicos utilizan la expresión y hacen  apología de un socialismo de contornos difusos ha suscitado una lluvia de adhesiones a algo que nadie sabe exactamente lo que es, más allá de una formula vacía de contenido. Registré que los comunistas mexicanos tienen conciencia de la diversidad de América Latina. Defensores de la integración económica con los países hermanos del hemisferio, no desconocen que el socialismo habrá de presentar colores nacionales en sociedades culturalmente tan diferentes como son México y Paraguay, Argentina y Guatemala, o Brasil y Ecuador.

Además, la moda del Socialismo del Siglo XXI viene siendo utilizada por algunos intelectuales, sobre todo de tendencia trotskista, para catilinarias antisovieticas en las cuales las criticas a Stalin y a la dramática burocratización del PCUS funcionan como trampolín para el ataque a la Revolución de Octubre, a su herencia y a Lenin .

EL MEXICO ENCANTADOR

En México me invade siempre la sensación extraña de que descubro aquello que contemplé en visitas anteriores. Es un redescubrimiento de lo conocido.

No volví esta vez a Teotihuacan, la ciudad mágica cuyas ruinas aparecieron como obra divina a los aztecas en el Siglo XIV, cuando trashumaban por el altiplano rumbo a la gran laguna donde fundarían Tenochtitlán, destruida por los españoles doscientos años después. Más pasé horas en el Museo de Antropología y en el del Templo Mayor, en meditación sobre la historia de una civilización asesinada.

La herencia monumental y los mensajes dolorosos dejados por Cuauhtémoc me empujan siempre hacia viajes por las alamedas  de la imaginación. En la busca de un paralelo para el encuentro y choque de Hernán Cortés con la gran metrópoli azteca,se me ocurre que el desarrollo brutal de la historia fue allí algo muy diferente de lo que habría acontecido si Alfonso de Albuquerque, al llegar a Ormuz, en la Persia del siglo XVI, hubiese encontrado una ciudad como la Babilonia de Hamurabi.

En mi deambular por el Centro Histórico de la metrópoli tentacular redescubrí el genocidio de la colonización y la epopeya revolucionaria del Siglo XX en los murales de Diego Rivera, tan armoniosamente insertos en la monumentalidad del Palacio Nacional dominando el Zócalo, la mayor plaza de América.

Revisitar Coyoacán, hija del arte y la tranquilidad incrustada en la megalópolis, fue un deber para sentir en la Casa Azul la magia humana de los toques surrealistas de la compañera de Diego, Frida Kahlo, otro genio de la pintura contemporánea. Allí vivió Trotsky, en la primera fase de su exilio mexicano, antes de mudarse a la vivienda, a dos cuadras de distancia, donde fue asesinado en 1940. Hoy es un Museo donde se siente el movimiento de la Historia. Todo ahí parece al visitante simultáneamente próximo y muy distante.

El tiempo era corto, pero encontré espacio para ir un día hasta Taxco, una de las más bellas ciudades coloniales de América. Recorriendo por sus callejuelas, enmarcadas por blancos caserones setecentistas, sentí algún malestar por la contradicción entre el tiempo detenido de la Nueva España de la época de los Borbones y la modernidad agresiva de la onda turística. En la vieja Plaza de Armas, una Iglesia de piedra rosada exhibe los esplendores floridos del churrigueresco  y del plateresco de la España en decadencia. El oro, en el retablo y en las capillas, recuerda la riqueza insolente de los señores de la Conquista nacida de la dominación criminal sobre los hijos de la tierra. Leí en una guía que el templo fue construido por un español dueño de nueve minas de plata y una de oro.
Taxco, desafiando el tiempo, me pareció como imagen de México, un país en el cual el sufrimiento y la alegría forman una amalgama conmovedora. Bajo el manto de un pesimismo secular se mantiene viva allí una esperanza infinita.

Esa esperanza me tocó como un latigazo en la antigua hacienda que fue el Cuartel General del Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata, en Tlaltizapán, cerca de Jojutla. La Revolución Mexicana fue antropofágica. Devoró a sus mejores hijos. Pero las simientes no secaron. Pueden germinar nuevamente.

Pável Blanco, el joven dirigente comunista, afirma que en México “la voluntad de lucha de un pueblo que sabe esperar, pero cuya paciencia llegó al limite, se combina hoy con situaciones objetivas inaceptables para la vida y con un elemento nuevo, la unidad de rebeldes y revolucionarios”.

México, insisto,  recuerda a una mujer embarazada, en cuyo vientre germina una nueva vida.
Serpa, 29 de Marzo de 2007
Traducción: Genaro Sotelo.