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Octubre 9 de 2007

La verdad detrás de las protestas fronterizas en Colombia
Por: Julio Antonio Mella/ABP Venezuela

Comentario Editorial

Detrás de las protestas violentas en Cúcuta está la mano del paramilitarismo que domina esta región fronteriza colombiana.
Con pistola en mano, paramilitares vestidos de civil que transitan diariamente por esa frontera, ejerciendo control territorial y económico de la región, obligan a taxistas y transportadores a participar en las protestas y en el cese de actividades que paraliza la zona.

¿Pero con qué fin? Con el único motivo de enrarecer el ambiente para un intercambio humanitario entre el estado colombiano y la guerrilla de las FARC, cuyas posibilidades se han abierto con la mediación del presidente venezolano Hugo Chávez en el tema.
Cúcuta y su vecina región del Catatumbo es una zona concedida por el Estado colombiano, para las operaciones criminales del narcotraficante y asesino Salvatore Mancuso, a quienes diferentes organizaciones de Derechos Humanos lo hacen responsable de más de cinco mil muertes en por lo menos una década de terror.

Los paramilitares se apoderaron del Catatumbo luego de borrar de su geografía a pueblos enteros y asesinar a líderes sociales, políticos honestos, obreros y campesinos que le hacían oposición a sus acostumbrados desmanes. Llegaron a tomar control de una región estratégica para los planes de negocios personalísimos de la clase política mafiosa colombiana, que hoy ha concedido a multinacionales petroleras la explotación de la zona, sin el debido control social o popular, porque los muertos no protestan.

En contraprestación, el Estado colombiano le otorgó a los paramilitares, en calidad de testaferrato, grandes extensiones de tierra fértil donde personajes como Mancuso y sus oscuros lugartenientes, hoy fungen de plácidos ganaderos y negociantes prósperos. Tierra robada a sus dueños originales: el campesinado del Catatumbo.

En las zonas montañosas de esta región fronteriza estos paramilitares, los militares colombianos y la DEA norteamericana, mantienen instalados laboratorios de transformación de hoja de coca en cocaína, y diariamente sacan, a través del Río Magdalena, la droga que los enriquece y mantiene en el poder al extraditable número 82 en importancia para el gobierno estadounidense, Álvaro Uribe Vélez.

De manera que las imágenes de edificios ardiendo y pequeños grupos de policías antimotines disparando gases lacrimógenos en Cúcuta, a gente que parece protestar por el impuesto de tránsito requerido unilateralmente por la administración colombiana, se me antoja una puesta en escena que pretende mantener una disputa dirigida a enrarecer el avance de la paz con justicia social en Colombia.

Es innegable el reconocimiento político y beligerante que recae sobre la guerrilla colombiana con los sucesos del último mes, donde gobiernos derechistas como el francés de Sarkozy le requieren a seres obtusos como Uribe Vélez, abrirse al diálogo con la insurgencia.

Todos los países integrantes de los No Alineados, más de un centenar, hacen igual requerimiento y apoyan la gestión de Hugo Chávez, los integrantes de la Alianza Bolivariana para las Américas, los propios Estados Unidos, con tres ciudadanos en poder de las FARC lo han hecho. ¿Y Uribe? Hoy ha ampliado a cuatro sus llamados inamovibles, aportándole cada día mayores talanqueras a la esperanza internacional de un canje de prisioneros y un nuevo proceso de paz en Colombia.