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Terrorismo de Estado en Colombia V
El Fascismo Uribista

Por: ABP Colombia.

Ha logrado la oligarquía colombiana en el poder, en su afán de aplastar la inconformidad popular frente a tanta injusticia y opresión, criminalizar la protesta social, desintegrar el delito político como tipo penal, elevar a la categoría de terrorismo los legítimos actos de resistencia a la perversidad estatal, y en el colmo de la desfachatez, hasta se ha atrevido a trastocar los más sanos valores del colectivo, al colocar  los crímenes de lesa patria y de lesa humanidad, cometidos por el régimen mediante el paramilitarismo y los demás agentes de la guerra sucia, casi en la calidad de una contravención menor.

De hecho, en la maraña jurídica ideada por Uribe Vélez y su cuadrilla  de malhechores, aparece el narcotráfico como el delito mayor, con gravedad superior al descuartizamiento con motosierra, a la desaparición y demás atrocidades cometidas por los esbirros del terrorismo de Estado.

Las gangas que da el régimen al paramilitarismo, con la pueril excusa del diálogo para forjar la paz, cínicamente desembocan en el fétido pantano de la impunidad, con la ñapa del saneamiento de las riquezas mal habidas de la mayoría de quienes fungen como jefes de las hordas asesinas. Tales son las canonjías para los destripadores, que varios de los capos de la droga en Colombia hasta se han preocupado por comprar las franquicias de los llamados Bloques Paramilitares buscando adquirir la condición que les permita acceder a las prebendas otorgadas a estas alimañas.

Pasarse por  carnicero de inocentes, pelearse el título de paramilitar, en fin, es una práctica que se ha puesto de moda entre los narcos, sobre todo para librarse  de la extradición, que es el deporte favorito de este gobierno vende patria. Todo el asunto es un gatuperio de la mafia gobernante, calculado para seguir engañando, justificando lo inexcusable y encubriendo el terrorismo de Estado, así les toque sacrificar unos cuantos chivos expiatorios, que de ninguna manera van a compensar el daño cometido a la sociedad.

Aquí no hay paramilitares pura sangre, como pretende hacernos creer el gobierno. No hay uno que no esté inmerso en el delito del narcotráfico, que entre otras cosas es una de las fuentes principales de la financiación de este fenómeno paraestatal. El narcotráfico es una característica esencial del paramilitarismo; de él y de los recursos que desvían los funcionarios públicos -como ocurre por ejemplo con los dineros de la salud de los colombianos, o de los porcentajes de las contrataciones en general- depende gran parte de su sostenimiento.

Eso de presentar el paramilitarismo desligado del narcotráfico, es un cuento absurdo tanto por la mentira que comporta como por la aberración que entraña. ¿A quién con sentido de lo humano le puede caber en la cabeza que el ser paramilitar se puede premiar? Es indignante que así lo esté haciendo este régimen fascista, incluso otorgándo carácter político a estos asesinos de guadaña y motosierra que jamás han enfrentado al Estado sino que, por el contrario, han sido su instrumento de muerte, como efectivamente lo está dejando aun más en evidencia el escándalo de la narco-para-política. Y el que con todo y esto no lo crea, que consulte el panfleto suscrito por la politimafia en El Paramillo.

Esto que es una desfachatez, una abominable inmoralidad, tanto como lo es la motivación de conductas de delación por parte del Estado, es la resultante de que el poder esté en manos de gángsteres y traquetos al servicio de Washington, como Álvaro Uribe Vélez.

Saber quien  o quienes han motivado semejante tremedal, al pueblo no lo toma desprevenido, pues ha sufrido en carne propia las consecuencias de un terrorismo de Estado que le cobra con sangre cualquier acto de indignación y protesta. Hay una experiencia.

Tal realidad necesariamente debe tener una profunda transformación. Y así debe ser porque estamos hablando de la existencia de un Estado criminal fascista, sin recatos y con regentes comparables  a fachos como Mussolini y Hitler, aborrecidos por sus extravíos de espanto.

Lo que hoy hace Uribe es lo que en la Italia y la Alemania de la Segunda Guerra Mundial practicaban el Duce  y el Führer: totalitarismo militarista, conservadurismo hipócrita, abuso y autoritarismo que se expresa en la palabra tiranía.

En el caso colombiano, esto que es fascismo a las patadas, responde a los intereses, en primer lugar de los halcones de Washington y en segundo lugar a los de la oligarquía mafiosa, que bien podemos comparar con la camorra napolitana del siglo XIX.
 
En nuestros campos también pululan las bandas de “Seguridad Nacional”; es decir que también existen los Camisas Negras que fue como las llamó Mussolini. Uribe  actúa con sus SS, su Schutz-Staffel (‘escuadras de protección’), con sus bandas paramilitares, con su legión de sapos engordados con la bazofia de la venalidad, y el  respaldo de los terratenientes para atacar a los campesinos y a las organizaciones sociales a las que su Seguridad Democrática mira como enemigos potenciales. Uribe actúa con su propio programa de ejecuciones masivas, con su  propio plan de “solución final”, cuyas estructuras no han dejado de existir con el “dialogo” de Ralito sino que han tomado nuevas apariencias.
 
Como a Mussolini y a Hitler, a Uribe sólo le interesa la confianza de los grandes propietarios e industriales, la re-potenciación del ejército en esta concepción descrita, como parte principal del poder permanente y, obviamente con sumisión al imperio que es para él lo que para sus inspiradores nazis la monarquía.

Como Mossolini con Hitler, el facho de Salgar va de la mano con Bush hijo, hechando a andar ideas como la del “espacio vital” (Lebensraum),  que no es otra cosa que el deseo de extender el poder del águila norteña.

La construcción de la alternativa antifascista, ahora, es una necesidad y al mismo tiempo un deber para los patriotas verdaderos, para todo aquel que no esté dispuesto a permitir la consolidación de un  Tercer Reich en suelo bolivariano. De tal manera que la lucha por el derrocamiento  de la marioneta se convierte en una tarea impostergable. ¡Todos a la carga!